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Tomás Cotrina: Cuando la cultura encuentra a su propio embajador

Hay nombramientos que llegan con trompetas, fotografías de rigor, frases de circunstancia y una colección de aplausos que dura exactamente lo que dura la ceremonia. Y hay otros que, más que producir sorpresa, provocan una especie de: “por fin”.

La designación de Tomás Cotrina Trigozo como director del Órgano Desconcentrado de la Dirección Desconcentrada de Cultura de San Martín, mediante Resolución Ministerial N° 000304-2026-MC, pertenece a esta segunda categoría.

Pero detrás de toda esa liturgia administrativa que convierte una decisión en un pequeño laberinto de papel, hay algo mucho más sencillo: un hombre que lleva años haciendo cultura desde la convicción, la entrega y el amor por su tierra.

A Tomás lo distinguen su nobleza, su humildad (de esas que no necesitan micrófono) y una predisposición, casi peligrosa en estos tiempos, para escuchar, sumar, tender puentes y trabajar.

Porque mientras algunos esperan que un cargo les diga qué hacer, hay quienes llevan años haciendo lo que creen que debe hacerse antes de que llegue el cargo.

Su historia viene de mucho antes. Viene de Lamas, de la curiosidad, de la terquedad y de una convicción que parece cada vez más extravagante: hacer algo por amor a la tierra, incluso cuando nadie está repartiendo diplomas por hacerlo.

La primera vez que sintió el llamado fue mirando las pinturas de un compañero de aula. Las contempló maravillado y tuvo la honestidad de reconocer que él no había nacido para cantar, bailar ni pintar.

Entendió entonces que su lugar estaba detrás de escena: haciendo que otros artistas fueran vistos, que las expresiones culturales tuvieran público y que Lamas dejara de ser solamente un lugar bonito para la fotografía turística.

Después llegó la Universidad Nacional de San Martín, a través de la Escuela de Turismo, donde pudo convertir aquella intuición en herramientas para ampliar su mirada. Allí aprendió a entender el territorio, reconocer su identidad y descubrir que cultura y turismo podían caminar juntos.

Lamas siguió siendo su punto de partida y una de sus grandes pasiones, pero la mirada se extendió: de la comunidad a la región, de la región al país y del país hacia afuera.

En el año 2000 organizó una primera exposición. Como no había proyector de diapositivas, hizo lo que haría cualquier gestor cultural con imaginación y poco presupuesto: inventó una experiencia. Sumó danzas, música y una fiesta de gala.

Y funcionó. Desde entonces, no paró.

De promotor pasó a gestor cultural y empezó a mirar Lamas como lo que realmente es: un gigantesco laboratorio de identidad. Cerámica, tejidos, medicina natural, cosmovisiones y saberes de los pueblos que habitan la provincia.

Un patrimonio que no necesitaba que alguien viniera de Lima a descubrirlo; necesitaba que alguien de ahí se empeñara en contarlo. Y Tomás se empeñó.

Durante más de dos décadas ha tocado puertas, algunas de las cuales (hay que decirlo) parecen fabricadas con madera de oficina pública y barnizadas con burocracia.

Ha intentado convencer a autoridades, empresarios y escépticos de que la cultura no es decoración para el aniversario ni relleno para una inauguración. Que es identidad, economía, memoria y también futuro.

Ha trabajado en turismo y promoción cultural, investigado las iconografías de Lamas y defendido la posibilidad de articular Lamas, Tarapoto y Moyobamba como un circuito capaz de ofrecer al visitante algo más profundo que la inevitable foto frente a una catarata.

Y lo ha hecho poniendo algo que ningún presupuesto público consigue consignar en una partida: tiempo, pasión y dinero propio.

Porque la cultura tiene esa mala costumbre de ser romántica en el discurso y costosa en la vida real. Todos la aman en los aniversarios; pocos quieren pagar la factura cuando llega el momento de sostenerla.

Pero Tomás siguió… Quizá porque aprendió que gestionar cultura no significa administrar eventos. Significa tender puentes: entre el Estado y la ciudadanía, entre los artistas y el público, entre el turismo y la identidad.

Ser, como él mismo sostiene, una bisagra. Y una buena bisagra no necesita hacer ruido: permite que las puertas se abran.

Ahora le toca hacerlo desde la Dirección Desconcentrada de Cultura de San Martín.

El nombramiento no debería convertirlo en otra persona. Ojalá ocurra exactamente lo contrario: que el cargo tenga que acostumbrarse a Tomás y no Tomás al cargo.

Porque San Martín no necesita solamente funcionarios que conozcan expedientes. Necesita personas que conozcan el territorio, su gente, sus posibilidades y sus historias.

Tomás conoce Lamas desde adentro. Y eso, en tiempos donde el territorio puede llegar a conocerse más por una pantalla que caminándolo, no es poca cosa.

La cultura sanmartinense tiene ahora a un nuevo director. Pero, en realidad, acaba de ganar algo mucho más importante: un viejo trabajador de la cultura sentado en una nueva silla.

Y aquí está la diferencia: Tomás no llega al cargo para empezar a hacer cultura. Llega después de haberla hecho durante años.

La silla es nueva.

La tarea, no.

La de Tomás empezó hace mucho. Con un cuadro, un amigo, una exposición y una idea que parecía sencilla, pero era profundamente revolucionaria: si Lamas tiene tanto que contar, alguien tenía que ponerse a contarlo.

Hoy ese alguien tiene un cargo.

Esperemos que también tenga puertas que se abran.

Y, sobre todo, suficiente “Con aroma a café”.

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