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La prevención salva vidas: San Martín enfrenta al dengue con más de 7.000 casos y 15 muertes

Cuando una enfermedad encuentra agua estancada para reproducirse y una consulta médica que llega tarde para complicarse, la prevención deja de ser una recomendación y se convierte en una responsabilidad colectiva.

La región San Martín atraviesa una nueva etapa de presión sanitaria frente al avance del dengue. El registro oficial supera los 7.000 casos y acumula 15 muertes, cifras que han encendido las alertas de las autoridades y obligado a reforzar las acciones de vigilancia, atención médica, control vectorial y vacunación. Detrás de cada número existe una historia, una familia en espera y un sistema de salud que enfrenta el desafío de responder a una enfermedad cuyo comportamiento también está relacionado con las condiciones ambientales.

Las autoridades sanitarias han señalado que el cambio climático y los efectos del fenómeno de El Niño, con lluvias más frecuentes y temperaturas favorables para la reproducción del mosquito transmisor, han contribuido a generar condiciones propicias para la expansión del Aedes aegypti. En ese escenario, la lucha contra el dengue no se limita a los hospitales ni a las campañas institucionales: comienza también en los patios, los techos, las canaletas y cualquier recipiente capaz de acumular agua.

La respuesta sanitaria incorpora la inmunización como una de sus principales herramientas. En Moyobamba, más de 4.000 personas ya fueron vacunadas contra el dengue, en una campaña que también llegó a centros educativos con el propósito de proteger especialmente a niños y adolescentes. La estrategia adquiere particular importancia porque este grupo concentra buena parte de los diagnósticos registrados en distintas zonas de la región.

Las dosis han sido asignadas a Moyobamba, Rioja, Bellavista, Saposoa y Juanjuí. Por ahora, la provincia de San Martín no forma parte de esta distribución, una situación que mantiene la preocupación en Tarapoto y otros distritos de la jurisdicción, donde la acumulación de agua durante la temporada de lluvias puede multiplicar los criaderos del mosquito.

La vacunación, sin embargo, no significa que la población pueda bajar la guardia. Los equipos de salud recuerdan que ninguna estrategia será suficiente si dentro de las viviendas persisten depósitos de agua descubiertos, objetos en desuso expuestos a la lluvia o recipientes donde el mosquito pueda depositar sus huevos. Tapar los depósitos, lavar y cepillar los recipientes, eliminar objetos que acumulen agua y mantener limpias las canaletas son acciones sencillas que pueden cortar el ciclo de reproducción del vector.

La preocupación adquiere otra dimensión en el ámbito de Bajo Mayo, donde el área de control vectorial de la Oficina de Gestión de Servicios de Salud Bajo Mayo reportó más de 100 contagios, con una mayoría de pacientes correspondientes a niños y adolescentes. El dato vuelve a colocar a las familias y a las comunidades en el centro de la respuesta, porque el mosquito no distingue entre una vivienda, una escuela o un espacio público cuando encuentra las condiciones adecuadas para reproducirse.

Uno de los rostros detrás de esta emergencia es el de una adolescente de 17 años, procedente de Sisa, que llegó a Tarapoto con fiebre alta y posteriormente fue diagnosticada con dengue e internada en el hospital regional. Mientras recibe atención, sus familiares se organizan por turnos y permanecen durante la noche en los exteriores del establecimiento, pendientes de su evolución y esperando noticias que les permitan saber cuándo podrán permanecer nuevamente junto a ella.

Su historia también revela otra cara de la emergencia: las dificultades que enfrentan las familias que viven lejos de los centros de mayor complejidad. Cuando la enfermedad avanza, la distancia puede convertirse en un factor de riesgo. Por eso, las autoridades insisten en una recomendación que puede marcar la diferencia entre una recuperación oportuna y una complicación grave: acudir al establecimiento de salud ante los primeros síntomas y no esperar a que el cuadro empeore.

La fiebre alta, el dolor de cabeza, el malestar general, el dolor detrás de los ojos, las náuseas, los vómitos y las erupciones en la piel deben despertar atención. La consulta temprana permite realizar controles médicos y detectar señales de alarma. También se recomienda evitar la automedicación, especialmente con medicamentos que puedan incrementar el riesgo de sangrado.

Mientras los establecimientos de salud atienden a los pacientes, en cada vivienda se libra otra batalla silenciosa. Revisar patios, jardines, techos y áreas comunes; renovar frecuentemente el agua de los floreros; cubrir tanques y depósitos; utilizar repelente y mosquiteros, y vestir ropa que cubra brazos y piernas son medidas que ayudan a disminuir el riesgo de picaduras.

El dengue ha dejado de ser solamente una preocupación de los servicios sanitarios. Con más de 7.000 casos y 15 fallecidos, se ha convertido en un desafío que exige corresponsabilidad. La vacuna puede reducir el riesgo de enfermedad grave, los médicos pueden atender las complicaciones y las autoridades pueden desplegar campañas, pero el control del mosquito depende, en buena medida, de miles de pequeñas decisiones tomadas todos los días.

La cultura de la prevención se construye antes de que aparezca la fiebre, antes de que una familia tenga que correr a un hospital y antes de que un caso termine convertido en una estadística. 

Cada recipiente sin agua estancada, cada consulta oportuna y cada criadero eliminado es una vida que puede ponerse a salvo.

El dengue no siempre avisa cuando será mortal. La prevención sí puede avisarnos qué hacer: actuar hoy puede significar que mañana una familia no tenga que llorar una ausencia.

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