Hay días en que una quisiera tomarse el café despacio, mirar por la ventana y convencerse de que el mundo todavía tiene arreglo. Pero entonces aparece una noticia como la del Liceo Naval y el café se enfría, porque hay historias tan amargas que ni siquiera el azúcar consigue disfrazar su sabor.
Lo ocurrido con un adolescente de 16 años no es una travesura. No es “cosa de chicos”. No es una pelea que se salió de control. No es una broma pesada. Y mucho menos es un juego de niños.
Es una denuncia por violencia sexual. Hay un menor que hoy carga con algo que no debería cargar. Y hay adolescentes investigados cuya participación y responsabilidad deberá determinar la justicia.
Pero mientras los jueces hacen su trabajo, nosotros deberíamos hacer el nuestro: preguntarnos en qué momento dejamos de enseñarles a nuestros hijos que el otro también es un ser humano.
Porque el bullying no comienza necesariamente con un golpe. A veces inicia con una mirada, apodo, con un “era jugando”. Con un grupo que decide quién pertenece y quién no. Con el niño que descubre que puede humillar a otro y nadie le pone límites.
Y luego viene algo mucho más peligroso: el poder.
Se sienten dioses. Y algunos adultos, sin querer o queriendo, les construyen el altar.
Porque hay padres que educan hijos y hay padres que fabrican pequeños emperadores. Niños a los que nunca se les dice “no”. Adolescentes que creen que pedir disculpas es una humillación. Hijos que aprenden que el apellido, el dinero, los contactos o la posición social pueden convertirse en una especie de salvoconducto.
“¿Tú sabes quién soy?” Una frase que, en este país, muchas veces parece pesar más que un reglamento.
Y cuando esos pequeños emperadores crecen creyendo que las reglas son para los demás, el colegio puede convertirse en un territorio peligroso. Porque detrás de un uniforme impecable también puede esconderse la violencia.
Y aquí está una de nuestras mayores contradicciones: dejamos a nuestros hijos en el colegio creyendo que los entregamos a un lugar seguro.
Sin imaginar que, durante esas horas, ese mismo hijo puede estar siendo humillado, amenazado, golpeado, discriminado o sometido por otros.
Y no siempre lo cuenta. Porque el miedo también aprende a guardar silencio. Por eso este caso debería obligarnos a mirar más allá del bus, de los nombres, de los uniformes y de las puertas de una institución.
Debería obligarnos a mirar nuestras propias casas.
Porque educar no es pagar una pensión. No es comprar el uniforme más caro. No es matricular al hijo en el colegio con mayor prestigio. No es enseñarle cinco idiomas si nunca le enseñamos a respetar a una persona.
No es solamente decirle a una hija: “Defiéndete”. Y a un hijo: “No te dejes”.
También tenemos que enseñarles algo mucho más difícil: no conviertas al otro en tu enemigo solamente porque puedes hacerlo.
A nuestros hijos les toca aprender a defenderse. A nosotros nos toca enseñarles cómo. Pero también nos toca enseñarles a no ser agresores. Y eso comienza en casa.
Comienza cuando dejamos de reírnos de la humillación ajena. Cuando no celebramos que nuestro hijo “puso en su sitio” a otro. Cuando no justificamos la violencia con un “son cosas de chicos”. Cuando dejamos de llamar carácter a la prepotencia y liderazgo a la capacidad de someter.
Y también debemos hablar del silencio. Porque el silencio de los testigos duele. El silencio institucional. El silencio familiar. El silencio de quienes prefieren proteger la reputación de una institución antes que la integridad de un menor.
Y duele todavía más cuando, frente a una comisaría, un adulto reacciona con violencia contra periodistas que cumplen con su trabajo. Ese episodio, registrado públicamente, nos deja una pregunta incómoda: ¿qué estamos enseñando cuando, frente a una situación grave, nuestra primera respuesta es atacar a quien pregunta?
Y quizá ahí esté una parte del problema. Porque los monstruos no nacen monstruos. A veces los fabricamos a fuerza de permisividad, silencios, privilegios mal entendidos, de “mi hijo jamás haría eso”, de justificar lo injustificable y de creer que nuestros hijos son demasiado importantes para recibir un límite.
Pero hay algo que no podemos permitirnos olvidar: una víctima no tiene que demostrar que merecía respeto. Un niño no tiene que ser perfecto para que nadie lo violente.
No importa su color de piel, su procedencia, su manera de hablar ni su personalidad.
Un menor tiene derecho a estar seguro. Y quienes vulneran ese derecho deben responder ante la justicia, con todas las garantías que corresponden a un debido proceso, pero también con toda la firmeza que exige la gravedad de los hechos.
No fue una travesura.
No fue una broma.
Y no podemos seguir criando generaciones que creen que hacer daño es divertido.
Hoy el café sabe amargo….Quizá porque, mientras las redes se llenan de expertos buscando culpables, hay un adolescente tratando de reconstruirse después de algo que jamás debió ocurrir.
Y mientras nuestros hijos regresan al colegio con sus mochilas al hombro, nosotros tendremos que preguntarles algo mucho más difícil que “¿hiciste la tarea?”.
Tendremos que preguntarles: “¿Estás bien? ¿Hay algo que te esté pasando y que tengas miedo de contarme?”
Pero también tendremos que atrevernos a preguntarles algo todavía más incómodo: “¿Tú estás haciendo daño a alguien?”
Porque educar no es solamente preparar a nuestros hijos para sobrevivir al mundo. Es enseñarles a no convertirse en aquello que puede hacer del mundo un lugar peor.



