Por: Neptalí Santillán Ruiz – Médico Cirujano y salud pública –
Las soluciones a nuestra crisis sanitaria no se encuentran viajando miles de kilómetros; exigir una reforma estructural en casa es el único camino para garantizar salud con dignidad para todos los peruanos.
La reciente gira oficial realizada por la presidenta Keiko Fujimori y el ministro de Salud, Luis Williams Dyer Fernández, al país de El Salvador con el objetivo de conocer experiencias en materia de seguridad, educación y salud —incluyendo una visita al Hospital Nacional Especializado Rosales y la plataforma de telemedicina Doctor SV— ha generado un intenso debate sobre las prioridades de la gestión pública. Si bien los Estados serios deben cooperar e investigar experiencias internacionales, el problema central surge cuando las visitas protocolares pretenden sustituir el diagnóstico nacional, presentando realidades completamente distintas como si el Perú acabara de descubrir soluciones que ya conoce desde hace años. Las diferencias geográficas y estructurales son abismales: mientras El Salvador cuenta con poco más de 21 mil kilómetros cuadrados y unos seis millones de habitantes en un territorio compacto, el Perú supera los 1.28 millones de kilómetros cuadrados, albergando a 34 millones de habitantes distribuidos entre la costa, comunidades altoandinas y poblaciones amazónicas de difícil acceso. A esto se suma que el sistema peruano se encuentra profundamente fragmentado entre el MINSA, el SIS, los Gobiernos Regionales, EsSalud, las sanidades de las Fuerzas Armadas y Policía Nacional y el sector privado, a diferencia del modelo más centralizado que opera en territorio salvadoreño.
Anunciar la telesalud como una gran revelación tras conocer plataformas extranjeras ignora por completo que el Perú ya cuenta con una Red Nacional de Telesalud, legislación y diversas experiencias desarrolladas por el propio Ministerio de Salud.
El verdadero obstáculo en territorio peruano nunca fue descubrir la existencia de la tecnología, sino resolver las condiciones materiales indispensables para su funcionamiento universal, tales como electricidad permanente, internet estable, equipos biomédicos, mantenimiento y personal capacitado que permanezca en las zonas rurales más alejadas en lugar de migrar tras cumplir su periodo de servicio. Si las máximas autoridades hubieran querido catastrar los problemas reales de la salud pública, no necesitaban abordar un avión presidencial; bastaba con recorrer los establecimientos del primer nivel de atención en Lima, Loreto, Puno o Huancavelica, donde los pacientes del SIS compran medicamentos en farmacias privadas, los hospitales están congestionados y los enfermos oncológicos deben viajar miles de kilómetros hacia la capital para recibir atención especializada. Ningún aplicativo extranjero resolverá por sí solo el archipiélago institucional ni la falta de interoperabilidad que carcome al sistema sanitario. Por ello, en lugar de buscar eslóganes o soluciones mágicas que se instalen como una simple aplicación móvil, el Estado peruano tiene la imperiosa obligación de asumir respuestas políticas reales frente al financiamiento insuficiente, el desabastecimiento de medicamentos y la debilidad de la atención primaria, demostrando que la verdadera transformación nace de enfrentar con valentía y decisión los problemas enquistados en nuestra propia casa.
Viajar al extranjero para buscar respuestas que yacen ignoradas en nuestros hospitales y comunidades es el reflejo de una clase política que prefiere el espectáculo de la fotografía antes que asumir el compromiso histórico de una reforma sanitaria integral.



