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«Besos en la frente y sonrisas eternas»

Un día después de la partida de su hija, Panchín se sintió resignado, habitado por una tristeza honda. Buscó una respuesta a tanto sufrimiento, pero supo que no la había ni la habría. Sin embargo, comprendió que la función de la vida debía continuar; sabía, sobre todo, que era el pilar de su familia, esa que lo amaba como a nadie.

El destino ya lo había golpeado con fuerza en el pasado. Panchín guardaba en el alma el dolor de haber visto partir a Moisés, su primer nieto; a su respetable suegra, y a su adorada esposa Luisita, la compañera de su vida. Aquellas ausencias previas habían dejado cicatrices profundas en su corazón.

Luego llegó aquel fatídico 2020, transcurriendo en medio de la feroz batalla global contra el COVID-19, una época en la que el dolor se ensañó definitivamente con ellos.

Su hija Mirlanda había entregado hasta el último aliento para sostener a Fernando, quien padeció durante años una severa insuficiencia renal.

Tras resistir con valentía trasplantes renales de sus propios padres (Rafael y Mirlanda), el cuerpo del joven no soportó más y falleció en los meses más oscuros de la pandemia.

Su madre, exhausta por tanta entrega y con el corazón roto, partió poco después.

A menudo, los recuerdos de todos ellos golpean la mente de Panchín. Son memorias que, a pesar del dolor, lo llenaban de gozo al rememorar los instantes idos.

En su mente todavía veía a Mirlanda llegar a casa con su maleta, ya fuera de Lima o de Moyobamba, para decirle con un beso en la frente: «Papito lindo, qué bueno que estés bien». Recuerda también, con profunda nostalgia, la sonrisa que Fernando jamás perdía a pesar de sus dolencias, y cómo le decía: «¡Panchito, viejito lindo!». Y es que nadie en esa familia estaba solo en su devoción; todos, sin excepción, idolatraban al viejo Panchín.

Mirlanda, su hija —la primera de todas las mujeres—, y Fernando, uno de sus nietos queridos, descansan en paz junto a Luisita, Moisés, su primer nieto, y la abuela Elena, su suegra, quienes se adelantaron en el camino.

Ellos siguen a su lado, pues jamás lo abandonaron en su sufrimiento. Con su partida, una parte hermosa de la vida de quienes los amaron se ha ido con ellos, pero el legado de su amor sostiene hoy al viejo Panchín, quien descansa en su cómoda hamaca de Chirapa.

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