El mundo amaneció un sábado con una noticia que parecía buena. De esas que arrancan una sonrisa antes incluso del primer café. “Por fin”, dijimos muchos, con ese alivio colectivo que se enciende cuando cae un hombre que durante años fue sinónimo de abuso y deterioro. Durante unas horas, la caída de Nicolás Maduro sonó a justicia tardía, a cierre de ciclo, a promesa cumplida. Pero la alegría duró poco. Porque todos lo sabíamos, aunque no quisiéramos decirlo en voz alta: las noticias no siempre cuentan el final; a veces solo anuncian el próximo capítulo… y qué capítulo.
La caída de Nicolás Maduro, ha sido narrada tantas veces que ya parece una saga interminable: una telenovela política donde el villano nunca muere del todo y los espectadores, cansados, confunden el avance del capítulo con el final de la historia. Cada anuncio de su derrumbe se vende como el amanecer democrático que Venezuela merece. Y, sin embargo, el país sigue despertando de noche.
Conviene decirlo sin anestesia: que Maduro caiga no significa que Venezuela se levante. A veces, cuando se derrumba un tirano, lo que queda en pie es el vacío. Y los vacíos, como la historia ha demostrado con cruel constancia, suelen ser ocupados por los de siempre, solo que con mejor dicción y peor memoria.
Maduro no es un accidente. Es una consecuencia. El producto rancio de una revolución que prometió dignidad y entregó escasez; que habló de soberanía mientras hipotecaba el país; que gritó “pueblo” mientras lo empujaba a cruzar fronteras con una maleta de ropa y un título universitario convertido en peso muerto. Negar su responsabilidad en el colapso venezolano sería un acto de negacionismo político. Pero reducir el desastre únicamente a su figura es, también, una cómoda mentira.
Porque Venezuela no es una hoja en blanco esperando al héroe correcto. Es un Estado exhausto, una institucionalidad corroída, una economía que respira con respirador artificial y una sociedad fragmentada por el miedo, el exilio masivo y la desconfianza, donde el vecino aprende a callar, la familia aprende a despedirse y el futuro se posterga como una promesa incómoda.
Aquí entra el coro internacional, especialmente Estados Unidos, con su habitual papel de salvador con agenda. Habla de libertad, sí, pero calcula migraciones, petróleo, influencia internacional y el tablero mayor donde China y Rusia juegan sin pedir permiso.
Las grandes potencias no actúan por romanticismo democrático; actúan por cálculo frío. La democracia no es un principio, es una coartada. Un eslogan pulido para las ruedas de prensa, una palabra cínica que suena bien, que tranquiliza conciencias y legitima operaciones de poder. Se invoca no para liberar pueblos, sino para abrir mercados, asegurar recursos y sostener liderazgos en decadencia. No es el fin: es el pretexto más rentable para imponer aquello que realmente importa.
Creer que Estados Unidos impulsaría una transición venezolana solo por amor a los derechos humanos es tan ingenuo como creer que los buitres sobrevuelan por vocación paisajística. Eso no convierte a Maduro en víctima ni a Trump en villano absoluto. Simplemente devuelve el análisis al terreno adulto: nadie actúa gratis y ningún imperio se conmueve sin beneficios.
El riesgo no es solo que caiga Maduro. La historia está llena de transiciones que prometieron un borrón histórico y entregaron un cambio de escenografía barato. Líderes que juraron enterrar el pasado y terminaron posando con él, corbata y sonrisa de foto oficial. “Nuevos comienzos” que no fueron más que la misma corrupción reciclada, con eslóganes más pulidos y la misma impunidad de siempre.
Mientras tanto, algunos salvadores reaparecen como héroes de la democracia y el libre mercado, aplaudidos por cámaras y titulares, mientras los pueblos siguen pagando la cuenta. La democracia, en este espectáculo, no es más que un traje de gala para la impunidad: elegante, convincente… y perfectamente rentable.
Por eso, el verdadero desafío venezolano no es tumbar una estatua, sino reconstruir el terreno. No es cambiar de nombre al poder, sino cambiar su lógica. No es elegir nuevos rostros, sino establecer límites reales, instituciones que no dependan del caudillo de turno y una ciudadanía que no tenga que mendigar derechos como favores.
Celebrar la caída de Maduro es comprensible. Después de tanto daño, la emoción es legítima. Pero confiar ciegamente en lo que venga después es una forma refinada de irresponsabilidad. La lucidez exige incomodidad: preguntarse quién gana, quién pierde, quién manda y quién solo cree mandar. Venezuela necesita justicia y tiempo. Mucho tiempo. Porque las ruinas no se ordenan con discursos y las heridas colectivas no sanan con titulares triunfalistas.
La caída de un hombre puede marcar el final de una etapa. Rara vez es el final del problema. A veces es apenas el silencio incómodo antes de la siguiente mentira. Y en un país donde ya se ha mentido demasiado, la única revolución pendiente es la de la verdad: dicha sin euforia, sin propaganda y sin permiso.
Porque levantarse lúcido duele más que caer engañado. Y Venezuela ya ha pagado demasiado caro cada promesa de salvación como para seguir aplaudiendo sin preguntarse quién sostiene realmente el poder cuando las luces se apagan.



