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Cuando el juramento se convierte en circo

El espectáculo del “Sí. juro”

Hubo un tiempo en que un juramento pesaba más que un discurso. Bastaban ocho palabras para estremecer la solemnidad de un acto: «Sí, juro por Dios y por la patria.» Nada más. Nada menos.

Hoy, en cambio, pareciera que algunos llegan al estrado convencidos de que no están asumiendo un cargo, sino audicionando para el momento más viral de las redes sociales. El protocolo dejó de ser un acto de compromiso para convertirse en un escenario donde cada quien busca superar al anterior con la consigna más rimbombante, el eslogan más emotivo o la frase más cuidadosamente calculada para arrancar aplausos de una tribuna que, al día siguiente, probablemente ya habrá olvidado sus palabras.

Porque esa es la tragedia de nuestra política: se enamoró del micrófono y se divorció de los hechos.

No importa si alguien decide jurar por Dios, por la patria, por sus padres, por sus hijos, por su barrio, por los mártires, por el perro que lo acompañó en campaña o por la sombra del último árbol que queda en su distrito. Cada quien tiene derecho a expresar sus convicciones. Lo preocupante no es el destinatario del juramento. Lo preocupante es la necesidad enfermiza de convertir un acto institucional en un espectáculo de protagonismo personal.

Es como si la política peruana hubiera descubierto que las palabras cuestan menos que la coherencia. Y vaya que somos expertos en esa industria.

En el Perú hemos visto presidentes jurar con la mano en alto y terminar con la cabeza agachada. Hemos escuchado promesas pronunciadas con voz firme que acabaron desmoronándose entre investigaciones fiscales, colaboradores eficaces, prisiones preventivas, vacancias, renuncias y extradiciones. Algunos llegaron envueltos en discursos de moralidad y terminaron explicando depósitos bancarios, reuniones clandestinas o visitas imposibles de justificar. Otros ofrecieron cambiar la historia y apenas lograron engrosar los expedientes judiciales.

Con semejante historial, resulta inevitable preguntarse si el verdadero problema está en la fórmula del juramento… o en quienes la pronuncian.

Porque la corrupción jamás necesitó modificar un protocolo para abrirse paso… Ella siempre juró correctamente.

La solemnidad no se rompe porque alguien agregue una frase. Se rompe cuando esa frase pretende reemplazar al deber. Cuando el político cree que la intensidad de sus palabras compensará la pobreza de sus acciones. Cuando supone que un discurso inflamado puede convertirse en certificado automático de honestidad.

Es una curiosa paradoja: mientras más grandilocuente suele ser el juramento, más pequeño termina siendo el legado.

Hay una obsesión casi teatral por demostrar pureza moral antes de haber trabajado un solo día. Se jura por los olvidados, por los perseguidos, por los caídos, por los niños, por las mujeres, por los campesinos, por los trabajadores, por la justicia y, si el tiempo alcanza, hasta por el universo entero. Pareciera que el objetivo es convencer al público de que está frente a un héroe incorruptible.

Pero la integridad nunca necesitó publicidad. La honestidad no se imprime en gigantografías ni se declama desde un atril. Los verdaderamente íntegros no hacen campaña con sus principios, los convierten en costumbre. No venden honradez; la demuestran. Porque la ética no necesita parlantes, necesita decisiones.

Quizá por eso los actos protocolares van perdiendo esa mística que alguna vez tuvieron. La ceremonia dejó de ser un compromiso con la Nación para convertirse, demasiadas veces, en una pasarela de egos donde cada quien compite por pronunciar el juramento más original, más emotivo o más viral. El protocolo ya no parece exigir responsabilidad; parece premiar el espectáculo.

Y en ese desfile de consignas, el verdadero protagonista (el país) termina relegado a un papel secundario.

Resulta irónico que muchos de quienes llegan proclamando amor eterno al pueblo olviden, apenas cruzan la puerta del despacho, que el pueblo también espera transparencia, capacidad, respeto por las leyes y resultados. Gobernar nunca fue un concurso de frases memorables. Si así fuera, el Perú sería una potencia mundial.

La política necesita menos dramaturgos y más servidores públicos. Menos especialistas en construir escenas y más funcionarios capaces de construir instituciones.

Porque la patria no necesita discursos épicos cada cinco años. Necesita carreteras que no se caigan, hospitales que funcionen, escuelas donde se aprenda, agua donde no la hay y autoridades que no conviertan el presupuesto en botín.

El resto pertenece al departamento de utilería.

Tal vez el acto más revolucionario, en estos tiempos de excesos verbales, sería precisamente el más sencillo. Escuchar un sereno «Sí, juro por Dios y por la patria», o la fórmula que legalmente corresponda según las convicciones personales de quien asume el cargo, sin añadidos diseñados para conquistar titulares. Y luego guardar silencio.

Que hable su trabajo.

Que el primer discurso sea una gestión eficiente.

Que la primera consigna sea cumplir la ley.

Que la primera ovación llegue cuando termine el mandato y no cuando apenas comienza.

Porque la historia tiene una costumbre incómoda: nunca recuerda con cariño a quienes pronunciaron el juramento más largo. Recuerda, en cambio, a quienes tuvieron la decencia de honrarlo.

Y esa diferencia, aunque algunos todavía no lo comprendan, no cabe en un micrófono.

Cabe únicamente en la conciencia.

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