En el corazón del barrio Wayku, vive Don Liber Tapullima Sangama, uno de los últimos maestros cesteros de su comunidad, un hombre de 45 años que carga en sus manos mucho más que fibras vegetales: sostiene la memoria viva de un pueblo. Su historia no solo conmueve, sino que interpela profundamente a una sociedad que avanza dejando atrás sus raíces.
Don Liber nació en la comunidad nativa kechwa de Chirikyaku, en el valle del Alto Cumbaza, a tan solo 30 minutos de Lamas. Desde niño, su vida estuvo entrelazada con la naturaleza y los saberes ancestrales. Aprendió a tejer a los siete años, guiado por su hermana, y luego fortaleció su conocimiento en la escuela de educación bilingüe intercultural junto a su maestro Paulino Tuanama, quien le transmitió las técnicas y significados de la cestería tradicional.

Hoy, en su hogar convertido en taller, Don Liber no solo trabaja: enseña. Abre sus puertas a los niños del barrio para evitar que el conocimiento desaparezca. “Mi arte no va a morir conmigo”, afirma con firmeza. Sin embargo, enfrenta una preocupación constante: la ruptura generacional y el desinterés de los jóvenes.
En el Wayku, como en muchas comunidades, los jóvenes migran hacia oficios más rentables, dejando de lado la cestería, ahora vista como una actividad poco viable económicamente. Este cambio responde a un modelo que prioriza lo inmediato y lo industrial, relegando los saberes tradicionales.
A pesar de ello, Don Liber no se detiene. Como presidente de la asociación de artesanos “Los Pukuneros”, impulsa talleres y encuentros culturales. Su objetivo es claro: adaptar la cestería al presente sin perder su esencia, incorporando nuevos diseños y tendencias.
Pero la competencia es desigual. Los productos de plástico importados, más baratos, están desplazando a la artesanía local, afectando directamente la continuidad de este oficio ancestral. En cada compra cotidiana, muchas veces sin pensarlo, se debilita una herencia cultural milenaria.

Frente a este escenario, el turismo cultural surge como una oportunidad. El Wayku tiene un enorme potencial para desarrollar experiencias vivenciales, donde los visitantes no solo observen, sino participen y comprendan el valor del trabajo artesanal. Sin embargo, este turismo debe ser responsable: no se trata de mostrar cultura, sino de garantizar una retribución justa.
Don Liber no pide compasión, pide oportunidades. Necesita reconocimiento, mercado y políticas públicas que protejan su arte. Su historia refleja la de muchos maestros invisibles que resisten desde sus territorios.
En cada pieza que teje, no solo construye un objeto, reconstruye identidad. Y mientras sus manos sigan trabajando, aún hay esperanza. Pero el tiempo corre, y con él, la urgencia de actuar. Porque cuando el último maestro deje de enseñar, no solo se pierde un oficio, se apaga una forma de entender el mundo. Por Tomas Cotrina



