Durante los casi cuatro meses que habitó el purgatorio de las salas de hospital, la vida de Panchín pendió de un hilo invisible.
El tratamiento médico comenzó entre tormentas y diagnósticos aciagos; la sombra de la amputación acechó de inmediato su brazo izquierdo, que lucía devorado por llagas vivas, similares a las quemaduras de un incendio interno.
Sin embargo, haciendo gala de esa terquedad indomable que siempre lo definió como un roble, Panchín se opuso con fiereza al bisturí.
—Si tengo que morir, quiero morir completo —exclamó.
Decidió resistir. El cuerpo humano se convirtió entonces en el escenario de un milagro inexplicable.
Cada mañana, ante la mirada atónita de los presentes, de las plantas de sus pies se desprendía un fino polvo color ceniza; un residuo lúgubre que los médicos, asombrados, atribuían a la expulsión lenta y misteriosa del veneno de la culebra.
Tras dos meses de una batalla cuerpo a cuerpo contra la muerte, el semblante de Panchín comenzó a recuperar el brillo de los vivos.
El suplicio de su brazo empezó a menguar. De aquellas ampollas monstruosas, de las cuales los enfermeros extraían diariamente un líquido viscoso y amarillento, brotó finalmente la tregua: las heridas se secaron y el miembro ofendido, en un acto de pura resiliencia biológica, mudó de piel como si reclamara una nueva oportunidad.
El día que recibió el alta médica, el regocijo inundó el corazón de todos. Sus hijos, algunos de ellos adolescentes y otros más pequeños, saltaron de alegría al ver a su padre regresar prácticamente de la muerte. Endeble, con un cuerpo golpeado por los momentos oscuros, miró a su mujer y a sus vástagos para esbozar una sonrisa de felicidad. Esta duró apenas segundos, pues aún sentía los rigores de la mordedura del loro machaco.
Luchita, quien siempre se mantuvo firme a pesar de la adversidad, inhaló aire y lo expulsó de manera pausada, sintiendo un gran alivio tras la batalla que le tocó luchar junto a su esposo. Su madre, Rosaura Vásquez, y su hermano Santiago también estuvieron pendientes de la salud de Panchito, sumamente sorprendidos por cómo el organismo del “Todoterreno” logró expulsar el veneno de la serpiente.
El hogar volvía a estar completo. El veneno, no obstante, dejó una firma perpetua en su anatomía: la mitad derecha de su cuerpo quedó atrofiada, con los poros clausurados para siempre. Aquella secuela se hacía evidente bajo el sol del mediodía; cuando el viejo se entregaba a las faenas del campo, ese flanco permanecía completamente seco, inmune al sudor.
Pero aquel estigma físico jamás logró doblegarlo.
Panchín continuó labrando la tierra con el mismo espíritu bizarro de siempre, demostrando que un carácter indomable no sabe de parálisis ni de derrotas.



