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El ajedrez del poder: que no nos cambien la reina por otra partida

Y sí, antes de que alguien casi escupa el café sobre estas páginas: El Perú tiene, por primera vez, una mujer al frente del Ejecutivo.

Y antes de que alguien prepare la artillería para interpretar esta columna como adhesión, rechazo, conversión religiosa o cambio de camiseta política, aclaremos algo: que una mujer llegue a la Presidencia es un hecho histórico; que gobierne bien será el verdadero acontecimiento.

Porque el género no administra ministerios, no combate la corrupción, no construye hospitales, no mejora colegios ni devuelve la seguridad a las calles. Las personas sí.

Y la presidenta ya empezó su mandato con un país partido (como casi siempre), entre quienes la respaldan, quienes no la quieren ni en fotografía y quienes todavía están intentando decidir si celebrar, resistir o simplemente esperar a que pase el primer incendio.

Pero eso, honestamente, ya lo sabemos.

También sabemos que aproximadamente la mitad del país la mira con esperanza y la otra mitad con desconfianza, rechazo o abierta oposición.

Y no vamos a entrar aquí a contar quién tiene razón. Para eso ya están las redes sociales, donde cada peruano posee un doctorado honoris causa en Presidencia de la República, Constitución, economía, seguridad ciudadana y, por supuesto, lectura de mentes.

Lo verdaderamente interesante comienza ahora.

Porque terminada la ceremonia, guardadas las bandas, recogidas las flores y después de que el país volvió a la rutina (esa que no conoce de protocolos ni discursos) empezó el verdadero partido.

El ajedrez del poder.

Y ya se mueven las piezas: las renuncias, los nombramientos, los cambios.

Ministros que llegan. Funcionarios que se van. Otros que, misteriosamente, vuelven a aparecer.

Y no solo en los ministerios.

El tablero del Estado es bastante más grande que Palacio de Gobierno. Hay organismos, empresas públicas, direcciones, jefaturas, oficinas, programas, representaciones y toda esa maravillosa arquitectura burocrática donde, dependiendo de quién pregunte, los cargos pueden llamarse “puestos de confianza”, “designaciones estratégicas” o, en versión menos diplomática:

“Acomódame a mi gente que ya ganamos”.

Y aquí empieza la pregunta incómoda.

¿Estamos cambiando personas, equipos, métodos y políticas, o apenas cambiando las camisetas de los mismos jugadores mientras el país sigue jugando el mismo partido?

Porque una cosa es renovar un gobierno y otra muy distinta es repartir el Estado como si fuera la piñata de una fiesta electoral.

Ojalá me equivoque. De verdad.

Ojalá cada nombramiento sea consecuencia de una búsqueda rigurosa de talento, experiencia, capacidad y honestidad.

Ojalá cada renuncia sea porque alguien comprendió que su ciclo terminó y no porque otro señor, con más contactos que méritos, llamó diciendo: “Ya pues, hermano, ahora me toca”.

Ojalá.

Porque si cada nuevo gobierno llega con una lista de amigos, aliados, operadores, recomendados y leales de campaña, entonces no estamos cambiando el país. Estamos cambiando los nombres de los muebles de la misma sala. Y el Perú ya está cansado de decorar la casa mientras se sigue cayendo el techo.

Que nadie se haga el ingenuo: los cargos públicos siempre han tenido una dimensión política. Un gobierno necesita personas de confianza para ejecutar su programa. Eso es legítimo.

Lo que no puede ser legítimo es convertir la confianza política en certificado automático de competencia.

Porque ser amigo del poder no convierte a nadie en gerente, ministro, director ni salvador de la patria. Y tener un apellido conocido tampoco debería funcionar como maestría en administración pública.

El Estado no es un club privado, pero, desgraciadamente, hemos convertido la corrupción en una especie de tradición nacional que cambia de discurso, pero conserva la costumbre.

Por eso, frente a esta nueva administración, no deberíamos convertirnos ni en hinchas ni en enemigos profesionales.

Deberíamos convertirnos en ciudadanos. Que parece menos divertido, pero resulta bastante más útil.

Si el nuevo gobierno nombra a una persona excelente, habrá que reconocerlo aunque no nos guste su partido.

Si nombra a un incompetente, habrá que cuestionarlo aunque sea de nuestra simpatía.

Si aparece un funcionario con trayectoria impecable, que trabaje.

Si aparece uno con demasiadas explicaciones pendientes, que explique.

Y si alguien llega a una institución pública únicamente porque alguna vez sostuvo una bandera, repartió volantes o sonrió en la fotografía correcta, habrá que preguntar: ¿Qué sabe hacer?

No “¿a quién conoce?”.

No “¿de quién es amigo?”.

No “¿quién lo recomendó?”.

¿Qué sabe hacer?

Porque el Perú no necesita más administradores de favores.

Necesita administradores del Estado.

Y aquí aparece el fantasma que siempre ronda los cambios de gobierno: la devolución de favores.

Ese animalito político que nunca figura en el organigrama, jamás aparece en el manual de funciones y, sin embargo, parece conocer perfectamente los pasillos del poder:

“Te apoyé”.

“Estuve contigo”.

“Trabajé en campaña”.

“Yo puse gente”.

“Yo hice contactos”.

Perfecto. Todo muy conmovedor.

Pero el Estado no debería responder: “¿Cuánto hiciste por mí?”

Debería preguntar: “¿Cuánto puedes hacer por el país?”

Porque una elección no compra cinco años de impunidad moral. El voto no es un cheque en blanco. Y ganar una elección no significa haber recibido autorización para convertir las instituciones públicas en agencia de colocaciones de empleo.

La nueva presidenta tiene una oportunidad enorme. No por ser mujer (eso, por sí solo, no garantiza absolutamente nada), sino porque puede demostrar que el poder también puede ejercerse de otra manera.

Que cambiar no significa barrer para adentro.

Que renovar no significa reemplazar al adversario por el amigo.

Que gobernar no significa premiar lealtades.

Y que la verdadera revolución de un gobierno sería, quizá, algo tan poco espectacular como elegir al mejor aunque no sea “de los nuestros”.

Eso sí sería histórico.

Porque el Perú no necesita más revoluciones de nombres.

Necesita resultados.

Necesita seguridad, empleo, salud que funcione, educación que no sea una promesa de campaña, instituciones que no sean botín y funcionarios que entiendan que la oficina pública no es propiedad de quien ocupa el sillón.

El Perú necesita sacudirse el lodo de la corrupción, ese barro antiguo donde todos terminamos embarrados mientras algunos, convenientemente, aparecen siempre con los zapatos limpios.

Así que sí: que se mueva el tablero.

Que se cambien las piezas que haya que cambiar.

Que se nombre a quienes tengan capacidad.

Que se vaya quien no sirve.

Que se investigue a quien deba ser investigado.

Que no se premie la militancia, porque nadie debería llegar con la calculadora del favor bajo el brazo.

Y que, por una vez, todos los santos nos hagan el milagro de que el poder no se use para cobrarse cuentas, sino para pagar la deuda que el Estado tiene con los ciudadanos.

Porque ya tuvimos demasiados gobiernos jugando ajedrez con el país.

Y mientras ellos movían reyes, reinas, torres y peones, el pueblo seguía jugando a sobrevivir.

Ahora toca otra partida.

Que Dios nos agarre confesados.

Pero, sobre todo, que nos agarre vigilantes.

Porque querer que a este gobierno le vaya bien no es ser oficialista, opositor, fujimorista, antifujimorista ni militante de ninguna camiseta.

Es querer que al Perú le vaya bien.

Y si eso incomoda a alguien, que se tome un café bien caliente y sin azúcar.

Porque cinco años pasan rápido, pero las consecuencias de una mala jugada pueden quedarse con nosotros durante décadas.

Buen inicio de semana, “Con aroma a café”.

Ojalá que esta vez el ajedrez no termine en jaque al Perú.

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