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El buque de la noche eterna

A los diecinueve años, el río no es un peligro, sino un camino. Panchín ya llevaba en el dedo el anillo de bodas para María Luisa y contaba con la bendición de su suegro, Germán Morey, el camalero más respetado de las tierras altas de Tarapoto. Por eso, cuando Morey armó la gran balsa con doce cabezas de ganado destinadas a los mercados de Iquitos, Panchín no lo dudó: se amarró el pañuelo a la cabeza y asumió el control del remo.

Junto a su compañero de ruta, soltó las amarras en el puerto de Shapaja. El viaje comenzó río abajo, uniendo el Huallaga con el Marañón y devorando kilómetros de selva hasta Yurimaguas, la puerta abierta hacia el gigantesco coloso: el río Amazonas.

Fueron veinte días en los que el universo entero se redujo a unos cuantos troncos amarrados y a la silueta de su amigo recortada contra el horizonte.

El cielo amazónico no conoce de grises ni de treguas: o los calcinaba un sol de justicia que les ampollaba la piel, o los ahogaba una lluvia torrencial que no dejaba rincón seco.

No había techo; solo agua abajo y fuego arriba. Comían lo que la suerte les deparaba: conservas rancias o el milagro de algún pez plateado que mordía el anzuelo o se enredaba, coleando, en los hilos de la tarrafa.

En los remolinos y en los «mal pasos» del cauce, Panchín demostró la madera de la que estaba hecho. Manejaba el peso de la balsa con la soberbia limpia de sus años mozos. Ahí nació su leyenda silenciosa y su apodo eterno: el «mil oficios» que todo lo hacía bien.

La travesía transcurría entre el sudor y el silencio, hasta la noche en que rozaron el misterio.

Decidieron encallar la balsa cerca del pueblo de Tamshiyacu. El sol se había despedido dejando un rastro de ceniza dorada en el agua, y la noche empezaba a acariciar los árboles con su primer frío.

Habían pasado la tarde pescando en una laguna mansa que entregaba sus aguas al Amazonas. A eso de las diez de la noche, con el estómago lleno de pescado fresco cocinado a la olla y las brasas de la fogata parpadeando, el río cambió de humor.

Comenzó como un susurro; una vibración invisible que erizó la superficie con olas menudas. En cuestión de minutos, el agua empezó a agitarse con una violencia inexplicable, levantando marejadas que empujaron la pesada balsa de troncos y ganado hacia el centro de la laguna profunda.

Entonces, el agua se encendió.

Del fondo del río brotaron destellos de colores imposibles: verdes de neón, azules eléctricos y rojos encendidos que rasgaron la oscuridad de la selva. El centro del oleaje se abrió como una boca y, ante los ojos desorbitados de los dos balseros, emergió un barco gigante. Era una mole imponente que desafiaba la gravedad, suspendida fuera del agua y flotando en el aire de la noche durante tres minutos eternos. Las luces pintaban las copas de los árboles y los rostros estupefactos de los hombres, congelados en el tiempo.

Con la misma lentitud con la que ascendió, la nave comenzó a sumergirse. El Amazonas la tragó de nuevo, devolviendo la calma a la superficie y dejando una oscuridad más densa que antes. No quedó ni rastro, ni espuma, ni ruido; solo el silencio de la selva herida por el asombro.

Panchín, sintiendo el corazón golpear contra las costillas, rompió el hielo con la voz rota:

—Cumpa, te pregunto… ¿estoy ebrio?

Manuel, con la mirada perdida en el agua negra, tragó saliva:

—Si no hay trago, cumpa… Más bien, llegando a Iquitos hay que darle su buen pocochón para el susto. Esta historia nadie nos la va a creer.

El sueño desapareció de la balsa. El miedo y la adrenalina se convirtieron en el motor de sus brazos. Volvieron a empuñar los remos y navegaron el resto de la noche con el alma en un hilo, con la urgencia de pisar tierra firme y dejar atrás las aguas encantadas.

Al amanecer, Iquitos los recibió con su bullicio de puerto. Entregaron las doce cabezas de ganado a su dueño legítimo, contaron los billetes con dedos todavía temblorosos y aseguraron el regreso. Subieron a una lancha motora rumbo a Yurimaguas, desanduvieron el camino hasta Shapaja y, finalmente, un camión los devolvió a Tarapoto. Volvían con los bolsillos llenos y la misión cumplida.

Hoy, a los noventa y ocho años, Panchín mira el horizonte con los mismos ojos que desafiaron al coloso de agua. Su memoria sigue intacta. A diferencia de las leyendas que hablan de barcos fantasmas y piratas de siglos pasados, él sostiene una certeza más profunda y moderna: aquello no era un espectro del ayer, sino una nave de otros mundos, un navío estelar cuya base descansa en las profundidades inexploradas del río más caudaloso de la Tierra.

Autor: Roberto Carlos Medina

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