Hay una extraña especie que solo aparece los fines de semana. No tiene capa, pero se cree Superman. No tiene alas, pero vuela a doscientos kilómetros por hora. No tiene poderes, pero está convencida de que el alcohol convierte el volante en un cetro y el automóvil en una nave espacial. Es el mismo personaje que invade el carril contrario porque «él controla», el que acelera porque «conoce la carretera», el que adelanta en curva porque «eso lo hace siempre». Hasta que deja de hacerlo. Hasta que alguien más paga el precio de su arrogancia.
Y entonces llegan las sirenas, las bolsas negras, las cruces al borde de la carretera y los discursos de siempre.
Otra vez.
Cada fin de semana el asfalto se convierte en un cementerio prematuro. La carretera Fernando Belaunde Terry vuelve a teñirse de tragedia. Hace apenas unos días, tres personas perdieron la vida cerca del sector Yacucatina. Antes de que el dolor terminara de instalarse en sus familias, otros accidentes entre Calzada y Moyobamba cobraron la vida de motociclistas. Ya ni siquiera sorprende. Y eso es, precisamente, lo más aterrador.
Nos estamos acostumbrando a contar muertos como quien revisa el pronóstico del tiempo.
La Policía Nacional del Perú es contundente: el 98 % de los accidentes tiene como origen el factor humano. No fue el destino. No fue la mala suerte. No fue el universo conspirando.
Fue alguien. Alguien que decidió beber y conducir.
Alguien que convirtió la velocidad en una extensión de su ego, que creyó que las líneas continuas de la carretera eran simples sugerencias artísticas. Alguien que confundió el volante con un arma.
Y aquí aparece el deporte nacional favorito: buscar culpables en cualquier parte menos en el espejo.
Que la carretera está mal.
Que faltan señales.
Que la lluvia.
Que la neblina.
Que el vehículo.
Todo sirve mientras la responsabilidad no tenga nombre y apellido.
Porque es más cómodo culpar al asfalto que admitir que quien manejaba era un irresponsable.
La verdad duele porque es sencilla: el automóvil no mata. Mata quien decide convertirlo en proyectil.
El alcohol no conduce, conduce quien cree que dos cervezas solo «lo alegran». La velocidad no aprieta el acelerador, lo hace quien necesita demostrar que llegar cinco minutos antes vale más que regresar vivo.
Hay conductores que sienten que cada carretera es una pista de carreras y cada adelantamiento es una competencia imaginaria. Manejan como si la muerte siempre estuviera reservada para el otro. Como si las leyes de la física respetaran su autoestima. Como si la gravedad pidiera permiso antes de actuar.
Pero la física no negocia.
Los árboles tampoco.
Los tráileres mucho menos.
Lo irónico es que esos supuestos valientes suelen convertirse en víctimas de su propia soberbia. El problema es que rara vez viajan solos. En su caída arrastran pasajeros, motociclistas, ciclistas, peatones y familias enteras que jamás aceptaron participar en esa ruleta rusa sobre ruedas.
Después vienen las lágrimas, las fotografías con velas, los mensajes en redes sociales que dicen «vuela alto», los minutos de silencio y las promesas de que esto no volverá a ocurrir.
Y el siguiente sábado, otro conductor ebrio cree que él sí es inmortal.
El problema ya no es únicamente policial. Es cultural. Hemos normalizado pequeñas ilegalidades hasta convertirlas en hábitos. «Solo una copa». «Solo un momento». «Solo esta vez». Son las tres frases más peligrosas que puede pronunciar un conductor.
La educación vial no puede comenzar cuando alguien tramita su licencia. Llega demasiado tarde. Debe empezar en la educación inicial, cuando un niño aprende que respetar una luz roja significa respetar la vida. Cuando comprende que las normas no existen para fastidiarnos, sino para impedir que terminemos llorando frente a un ataúd.
Porque las señales de tránsito no son decoración urbana. Son advertencias escritas con la sangre de quienes llegaron antes al mismo error.
También hace falta una justicia menos contemplativa. Quien maneja ebrio no está cometiendo una simple infracción administrativa. Está jugando a la lotería con vidas ajenas. La diferencia es que el premio mayor siempre lo cobra una familia destruida.
No necesitamos más campañas emotivas durante los feriados. Necesitamos conductores que entiendan que conducir no es un derecho absoluto, sino una enorme responsabilidad. Necesitamos padres que enseñen con el ejemplo. Autoridades que fiscalicen sin mirar apellidos. Escuelas que formen ciudadanos antes que choferes.
Y, sobre todo, necesitamos dejar de romantizar al «bacán» que maneja rápido, al «valiente» que conduce después de beber y al «experto» que invade el carril contrario porque «nunca le pasa nada».
Sí le pasa.
Solo que cuando ocurre, ya es demasiado tarde para pedir perdón.
Mientras sigamos celebrando la imprudencia como una demostración de hombría, mientras el volante continúe siendo un escenario para alimentar egos diminutos, seguiremos inaugurando cruces blancas al costado de las carreteras.
La muerte no conduce.
La irresponsabilidad sí.
Y esa, lamentablemente, sigue teniendo licencia para matar.



