La pregunta no es por qué afiliarse a una Cámara de Comercio. La verdadera pregunta es cuánto le cuesta al Perú que sus empresarios decidan caminar solos.
Por Luis Alberto Salazar Mogollón
Vicepresidente y Director Ejecutivo de la Cámara de Comercio, Producción y Turismo de Moyobamba
Existe una pregunta que miles de empresarios peruanos se hacen cada año antes de llenar una ficha de afiliación:
”¿Para qué me voy a afiliar a una Cámara de Comercio?”
La pregunta parece razonable.
Pero, en realidad, parte de una premisa equivocada.
Quien formula esa pregunta suele esperar una lista de beneficios: capacitaciones, ruedas de negocios, descuentos, asesorías, eventos o participación en ferias. Es decir, espera que la cámara justifique el valor de una cuota mensual o anual.
Sin embargo, una Cámara de Comercio nunca fue concebida para vender beneficios. Fue creada para construir instituciones.
Y las instituciones son precisamente aquello que separa a los países que prosperan de aquellos que permanecen atrapados en la improvisación.
No existe una economía desarrollada sin instituciones empresariales fuertes. No las hubo en Europa, no las hubo en Norteamérica, no las hubo en Asia, tampoco las habrá en América Latina.
Porque el desarrollo económico no es únicamente el resultado de buenos empresarios. Es el resultado de empresarios capaces de organizarse para defender principios comunes, impulsar reformas, promover inversiones y construir un entorno donde hacer empresa sea cada vez más fácil.
Las empresas crean riqueza, las instituciones crean las condiciones para que esa riqueza pueda multiplicarse.
Esa diferencia cambia absolutamente todo. Lamentablemente, en el Perú todavía prevalece una visión excesivamente individualista del éxito empresarial, muchos empresarios están dispuestos a invertir cientos de miles de soles en maquinaria, tecnología, publicidad o infraestructura, pero consideran innecesario invertir una fracción de ese monto en fortalecer la institución que representa al sector privado.
El empresario espera que alguien más defienda sus intereses, esperan que alguien más dialogue con las autoridades, esperan que alguien más proponga reformas, esperan que alguien más construya el entorno donde ellos desarrollarán sus negocios. En otras palabras, quieren los beneficios de una institución sólida sin contribuir a construirla.
Ese comportamiento tiene un costo enorme, cuando las instituciones empresariales son débiles, la voz del sector privado también lo es y cuando esa voz pierde fuerza, aumentan la incertidumbre, la burocracia, la informalidad y las decisiones públicas alejadas de la realidad productiva.
Pero este análisis estaría incompleto si no miráramos también hacia dentro de nuestras propias instituciones. Las cámaras de comercio tienen igualmente una enorme responsabilidad, quienes aceptan dirigir una institución gremial no administran un espacio de protagonismo personal, administran la confianza de miles de empresarios. Una Cámara de Comercio nunca debe convertirse en un vehículo para promover intereses particulares, proyectos políticos, negocios propios o agendas personales.
Su única agenda debe ser el desarrollo económico de la comunidad a la que representa. Cuando una institución pierde independencia, pierde legitimidad y cuando pierde legitimidad, deja de ser un actor relevante para convertirse únicamente en un organizador de eventos. Ese es un riesgo que ninguna cámara puede permitirse.
Los dirigentes gremiales tienen la obligación moral de pensar en la siguiente generación de empresarios, no en la siguiente fotografía para las redes sociales, su legado no debe medirse por la cantidad de ceremonias realizadas, sino por la calidad de las transformaciones que ayudaron a construir.
Ahora imaginemos por un momento un escenario distinto. Imaginemos que todas las cámaras de comercio del Perú trabajaran bajo una visión compartida de largo plazo, actuando con independencia, transparencia y profesionalismo; que sus dirigentes comprendieran que representar al empresariado es un servicio, no un privilegio y que miles de empresas decidieran afiliarse convencidas de que fortalecer una institución es fortalecer el futuro de sus propios negocios. El impacto sería inmenso, seríamos un sector privado mucho más articulado, una mayor capacidad para influir en las políticas públicas, más competitividad regional, más inversión, más innovación, más formalización, más empleo, más productividad y sobre todo, una ciudadanía que entendería que el desarrollo económico no depende únicamente del Estado, sino también de la capacidad de su empresariado para organizarse y construir consensos.
Las sociedades que progresan no son aquellas donde todos piensan igual, son aquellas donde existen instituciones suficientemente fuertes para canalizar las diferencias hacia objetivos comunes.
Las cámaras de comercio representan precisamente esa posibilidad.
Por eso, la pregunta correcta nunca fue: ”¿Qué recibo por mi membresía?”, la verdadera pregunta debería ser:
”¿Qué futuro estamos dejando de construir cuando decidimos no fortalecer nuestras instituciones empresariales?”
Porque una membresía no compra un servicio, una membresía construye representación, confianza, liderazgo, competitividad; construye un país.
El empresario que solo calcula el retorno inmediato de una cuota probablemente seguirá viendo una cámara como un gasto. El empresario que comprende cómo se construyen las naciones entiende que una institución fuerte nunca beneficia únicamente a sus asociados. Beneficia a toda una sociedad.
Es importante entender que el Perú no necesita únicamente más empresas, necesita mejores instituciones empresariales y necesita empresarios que comprendan que el liderazgo no empieza cuando alguien ocupa un cargo, empieza cuando alguien decide contribuir al desarrollo colectivo, incluso cuando el beneficio personal no es inmediato.
Quizá entonces dejemos de preguntarnos por qué afiliarse a una Cámara de Comercio y empecemos, por fin, a preguntarnos qué clase de país queremos construir. Porque las empresas más grandes construyen patrimonio, pero las instituciones más fuertes construyen historia.



