🌦️ 24.9 °CTarapotolunes, junio 1, 2026
1 PEN = 0.297 USD|1 USD = 3.362 PEN

El diablo no entró en su cuerpo. Ya vivía ahí…

“El diablo entró en mi cuerpo”… Así, con una frase miserablemente cómoda, Alexis Alcántara intentó explicar el asesinato de Zoila Carolina Castillo y de su pequeño Eyal. Como si el infierno fuera una especie de resfrío espiritual que uno contrae de pronto. Como si la maldad necesitara posesión y no decisión. Como si un demonio cualquiera hubiera bajado exclusivamente a Uchiza para convertir a un hombre en monstruo.

Pero no.

El diablo no entró en su cuerpo. Ya vivía ahí cómodamente.

Vivía en la mentira con la que se presentó. En el nombre falso. En la identidad inventada. En el “André” cuidadosamente construido para enamorar a una mujer por redes sociales. Vivía en cada mensaje dulce enviado con dedos capaces de matar. Vivía en esa paciencia depredadora de quien sabe fingir ternura para acercarse a su presa.

Porque los monstruos modernos ya no tienen colmillos ni cuevas. Tienen Facebook, aplicativos de citas, foto de perfil, corazones en WhatsApp, frases motivacionales copiadas de internet y una habilidad escalofriante para parecer normales.

Zoila lo conoció hace cinco meses. Dos meses después iniciaron una relación. Él la invitó a la selva: Tarapoto, naturaleza, viaje y amor. Qué peligrosamente parecidas pueden sonar esas palabras cuando una mujer solo quiere sentirse querida.

Ella llegó el 14 de mayo con su hijo Eyal, un niño autista de apenas seis años. Y aquí el corazón se rompe distinto. Porque uno intenta imaginar a ese pequeño aferrándose a la mano de su madre en el aeropuerto, mirando todo con esa sensibilidad inmensa con la que muchos niños neurodivergentes sienten el mundo. Tal vez cansado. Tal vez confundido. Tal vez simplemente confiando en que mamá sabía a dónde iban.

Pero mamá también confiaba.

Y ahí empieza la tragedia.

Alexis no fue a recogerla. Dijo que había tenido “un percance”. Qué palabra tan elegante para disfrazar el inicio del horror. Le pidió que tomara un carro hasta Tocache. Ella fue. Porque las mujeres han sido entrenadas históricamente para justificar señales de alerta. Para no parecer exageradas. Para creer. Para esperar. Para dar otra oportunidad.

Después aparecieron las cámaras de seguridad: Zoila, Eyal y Alexis entrando a un hospedaje. Caminando juntos hacia la última escena de sus vidas. Luego vino el silencio. Ese silencio viscoso que primero parece demora y luego se convierte en desaparición. Ese silencio que empieza a oler a morgue antes de que alguien se atreva a decirlo en voz alta.

Encontraron primero al niño.

Y desde ese momento el país entero sintió náuseas.

Porque hay crímenes que no solo matan personas; destruyen algo dentro de quienes los conocen.

El caso de Eyal no fue únicamente un asesinato. Fue una profanación brutal de la inocencia. Un acto tan salvaje que las palabras quedan mutiladas intentando describirlo. Y mientras el país lloraba frente a las noticias, ocurría algo todavía más enfermo.

La gente pedía fotos.

“Pasa las imágenes sin censura”.
“¿Tienes el video?”
“Quiero ver cómo quedó”.

Como si el dolor necesitara alta resolución para ser real.

Nos estamos convirtiendo en consumidores de cadáveres. Caníbales emocionales que mastican tragedias desde la comodidad de una pantalla iluminada. Ya no basta saber que un niño murió; necesitamos mirar la sangre, hacer zoom, compartir el morbo, competir por quién tiene el material más explícito.

Y algunos medios de comunicación ayudan. Claro que ayudan.

Algunos convierten la violencia en espectáculo con una alegría obscena. Musicalizan el horror, ponen letras rojas, efectos dramáticos y titulares diseñados para perforar el estómago. Hablan de cuerpos destrozados como quien narra una serie policial. Exprimen el sufrimiento hasta convertirlo en clics, rating y publicidad. Periodismo carroñero disfrazado de información. Y nosotros colaboramos felices.

Nos indignamos mientras compartimos.
Lloramos mientras reproducimos.
Condenamos mientras consumimos.

Después encontraron a Zoila. A apenas cien metros del lugar donde estaba Eyal. Cien metros. La distancia más cruel del mundo: la que separó a una madre de su hijo en la muerte. Quince días desaparecida. Quince días de búsqueda. Quince días en los que la familia se aferró a esa mentira humana llamada esperanza.

Y entonces vino la confesión: “El diablo entró en mi cuerpo”.

¡NO!  Basta ya de regalarles coartadas sobrenaturales a los hombres violentos. El problema no es el demonio; es la sociedad que sigue criando monstruos mientras responsabiliza a las víctimas.

Porque incluso ahora, con toda esta tragedia encima, todavía hay gente preguntando: “¿Pero por qué viajó?”, “¿Cómo se fue con alguien que conoció por internet?”, “¿Por qué llevó a su hijo?”. Qué curiosa obsesión tenemos con interrogar a las mujeres asesinadas en vez de examinar a los asesinos. Como si el amor ingenuo fuera más cuestionable que la brutalidad. Como si confiar fuera peor que matar.

Mientras tanto, las mujeres siguen memorizando protocolos de supervivencia como si fueran soldados: manda ubicación, comparte placa, avisa cuando llegues, no vayas sola, no confíes, no regreses tarde, no sonrías demasiado, no seas amable con desconocidos. La lista de instrucciones para intentar no morir ya parece un manual nacional de defensa personal.

Y aun así las matan.

El caso de Zoila y Eyal nos dejó una herida colectiva porque nos obligó a mirar lo más frágil de nosotros mismos. Muchos vimos dormir a nuestros hijos esa noche con un miedo distinto. Más oscuro. Más íntimo. Ese miedo animal de entender que el peligro ya no tiene rostro reconocible. Que puede escribirte “buenos días” con emojis de corazón mientras planea destruirte.

Pero lo más aterrador no es Alexis Alcántara. Lo verdaderamente aterrador es saber que mañana aparecerá otra tragedia. Otro niño. Otra mujer. Otro monstruo con nombre común y sonrisa normal. Y entonces este caso empezará a hundirse lentamente en el archivo de la memoria nacional, desplazado por una nueva dosis de horror.

El país seguirá deslizando el dedo sobre la pantalla en busca de más sangre. El café se enfriará sobre la mesa, más amargo que ayer. Tal vez porque incluso el café comprende algo que nosotros todavía nos resistimos a aceptar: hay sociedades que empiezan a pudrirse cuando el dolor ajeno deja de doler y comienza a entretener.

Porque el verdadero demonio no está escondido en un bosque. Ni vive únicamente dentro de un asesino. Respira entre nosotros. Habita en una sociedad que aprendió a convivir con el espanto sin apagar la televisión, sin soltar el teléfono y sin dejar de cenar siquiera cuando un niño acaba de morir.

Comparte esta publicación:

Facebook
X
LinkedIn
WhatsApp
Últimas Noticias

Suscríbete y se miembro

Suscríbete y recibe las noticias más importantes, análisis y contenidos exclusivos.

Categorías