A puertas de celebrar su 25º aniversario, esta inmensa área natural protegida se consolida como el motor ecológico que garantiza el abastecimiento hídrico para más de 300 mil personas, haciendo frente a la minería y la tala ilegal.

En la vasta extensión que separa las cuencas de los ríos Huallaga y Ucayali, se erige uno de los tesoros naturales más vitales del Perú. Se trata del Parque Nacional Cordillera Azul, un territorio que el próximo 21 de mayo conmemorará su 25º aniversario de creación consolidado como el cuarto parque nacional más grande del país y, sobre todo, como la principal fuente de vida para cientos de miles de habitantes en la Amazonía.
Sus más de 1.3 millones de hectáreas de bosques de selva alta intacta no solo resguardan una biodiversidad excepcional, sino que funcionan como una gigantesca y perfecta fábrica natural de agua. Durante una reciente entrevista, Gustavo Montoya Gamarra, jefe del área protegida, subrayó que en este espacio nacen los ríos y quebradas que abastecen directamente a más de 200 comunidades, alcanzando hasta 400 poblados en su zona de amortiguamiento.
Gestión participativa y la primera línea de defensa
Proteger esta inmensa reserva hídrica exige un esfuerzo monumental que se sostiene sobre dos pilares: el control territorial y la alianza con las poblaciones locales. En la primera línea de defensa se encuentran más de 50 guardaparques, quienes recorren la agreste geografía para prevenir el avance de actividades ilícitas y responder ante emergencias.

«Ellos están alejados muchas veces de sus familias para, justamente, poder reducir la tala y la minería ilegal», reconoció el jefe del parque.
El segundo pilar, y quizás el más estratégico, es la gestión participativa. A través del trabajo conjunto entre el Estado y el Centro de Conservación, Investigación y Manejo de Áreas Naturales (CIMA), el parque ha logrado involucrar activamente a comunidades nativas, organizaciones de productores e instituciones de la zona de amortiguamiento.
Mediante programas de educación ambiental, asistencia técnica agropecuaria y la promoción de comités de vigilancia comunal, los habitantes locales se han convertido en aliados indispensables. Han comprendido que proteger el bosque equivale a asegurar el agua para sus cultivos y familias.
Un modelo de conservación hacia el futuro
Al llegar a su cuarto de siglo, el Parque Nacional Cordillera Azul exhibe un logro que pocas áreas de su magnitud pueden presumir. Mantiene intacto el 99.96 % de su estado de conservación. Este nivel de preservación es el que permite que el bosque actúe como un regulador natural infalible, manteniendo la fertilidad de los suelos, asegurando la calidad del aire y garantizando la estabilidad climática regional.
Sin embargo, las amenazas de la deforestación y las economías ilegales en el entorno no desaparecen. Frente a ello, la jefatura del parque tiene clara su proyección: mantener este porcentaje de conservación fortaleciendo la articulación con los actores locales. «Tenemos el desafío de hacer bien las cosas, para que esto pueda servir como un modelo de gestión», afirmó Montoya.

El Parque Nacional Cordillera Azul demuestra hoy que la conservación no es un obstáculo para el desarrollo, sino su principal garantía. A 25 años de su creación, sigue siendo el gran corazón verde y azul que bombea vida hacia toda la Amazonía peruana.



