En 1982, «Passion» de Rod Stewart retumbaba con fuerza en las estaciones de radio de Tarapoto. En las calles, era habitual escuchar a jóvenes y adultos tararear o gritar el pegajoso estribillo. Por aquellos días, en la casa del jirón Sofía Delgado, la vida bullía con la energía de los hermanos Del Castillo Morey. Se encontraban en la cúspide de su juventud: los mayores ya se abrían paso en el mundo laboral y los menores se dedicaban al estudio. Entre ellos estaba Martha, quien ya cursaba sus clases en la ESEP, el hoy conocido Instituto Superior Tecnológico Nor Oriental de la Selva.
Roberto Carlos, a punto de cumplir los siete años, pasaba los días bajo el ala de sus abuelos, Panchín y la Lui. Su madre, María Luisa, acababa de estrenarse como profesora y trabajaba en Eladio Tapullima, en la provincia de El Dorado, por lo que el pequeño se convirtió en el compañero inseparable de los viejos en sus viajes al Chumía.
Allí, en esa parcela ganada a la selva, se había establecido finalmente el «Todoterreno». Panchín se había asentado tras recorrer diversos rincones del Huallaga central, sobreviviendo incluso a la milagrosa mordedura de un loro machaco en Paujilzapa; un episodio que estuvo a punto de costarle la vida, pero del que se salvó por un designio divino para terminar de escribir su historia con letras de oro.
En esa misma época, Harry Bartra —hijo de Luis Bartra, el mecánico experto y conocido del jirón José Olaya en el barrio Huayco— también habitaba la casa de Sofía Delgado. Era el nieto más consentido de Elena Leveau Rengifo, madre de Luisa Morey y de Luis Bartra Leveau, el winsho de la familia. Luisa y Panchín habían acogido a Harry como a un hijo propio; para él, la abuela Elena hacía las veces de mamá, y sus tíos eran esos protectores a quienes seguía con regularidad al Chumía, justo antes de partir a Lima para terminar la secundaria y tentar una vacante en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Harry y Roberto Carlos coincidieron en la chacra del Chumía como dos refuerzos que, sobre el papel, prometían aliviar las faenas agrícolas. Sin embargo, la labranza no era el fuerte de ninguno de los dos. Panchín y la Lui lo sabían bien, pero no por ello dejaban de ser exigentes: las tareas debían cumplirse a la perfección o, de lo contrario, el almuerzo sufriría una resta considerable.
Mientras tanto, el éxito de Rod Stewart seguía viento en popa. De tanto en tanto, en medio del monte, Roberto Carlos entonaba la canción en un inglés inventado que desataba el jolgorio de los abuelos en plena jornada laboral.
—¡Hijito! —decían los viejos al unísono—. ¡Canta Pashón!
Roberto Carlos, siempre obediente, arrancaba: «Chami nea mi nex, pashón…». Lo repetía hasta cinco veces, provocando la algarabía y el júbilo tierno de Luisa y Panchín.
Al terminar las vacaciones de Harry, llegó el momento de volver a Tarapoto. Los cuatro cruzaron el imponente río Huallaga guiados por la destreza de Panchín, un canoero experto. El verdadero suplicio empezó al otro lado, esperando el transporte de regreso. Si no se juntaba suficiente gente en Chazuta para viajar a Tarapoto, el famoso microbús «Runa Mula» simplemente no salía, y la espera se volvía desesperante.
Fiel a su estilo resolutivo, Panchín sentenció:
—Vamos avanzando. Si tenemos suerte, el «Runa Mula» nos recogerá en el camino; si no, caminamos hasta Shapaja y ahí vemos qué carro nos devuelve a casa.
Todos, a excepción del pequeño Roberto Carlos, aceptaron la caminata sin chistar. El cielo encapotado y los frondosos árboles del imponente bosque techaban la ruta, regalándoles un frescor bienvenido. Caminaban de forma sosegada, envueltos en el silencio de la selva, interrumpido solo por el canto de las aves y el viento que mecía las ramas. De pronto, para romper la monotonía, Luisa Morey insistió con dulzura:
—Hijito, otra vez… canta Pashón.
Y Roberto Carlos, complaciente, reinició la jarana con su indescifrable inglés.
La caminata se prolongó por cerca de cuatro intensas horas hasta llegar a Shapaja. Para fortuna de todos, al alcanzar el pueblo los recogió una camioneta que iba rumbo a Tarapoto, trayendo un alivio inmenso al grupo y, muy especialmente, a un pequeño de siete años que ya se encontraba completamente extenuado por el esfuerzo.
De aquella aventura han pasado ya cerca de cuarenta y seis años. El otro día, bajo el ramadón de la casa de Chirapa, Panchín recordaba el episodio con una lucidez asombrosa y una sonrisa teñida de nostalgia. Evocaba a su Lui de toda la vida, la misma que pedía la canción en la voz de su tercer nieto.
—Era una fastidilla la Luisita —le comentó un tierno Panchín a Roberto Carlos—. Te hacía cantar para que la ruta se hiciera más liviana y tú, sin más, le dabas gusto.
Roberto Carlos lo escuchaba en silencio y, conmovido, no corto ni perezoso, empezó a buscar en YouTube a Rod Stewart para traer el pasado, una vez más, al presente.



