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En Sisa: Los bonos alivian la emergencia, pero la deforestación y el desorden territorial siguen sembrando el riesgo

Las familias que perdieron sus hogares claman por una reubicación definitiva. La tragedia en el C.P. Eladio Tapullima demuestra que prevenir desastres exige proteger los bosques, ordenar el crecimiento urbano y actuar antes de que la naturaleza vuelva a pasar factura.

«No podemos seguir viviendo en carpas«. La frase resume el drama que aún enfrentan las familias damnificadas por el deslizamiento ocurrido en el Centro Poblado Eladio Tapullima, en la provincia de El Dorado. Han pasado los días, llegó la ayuda humanitaria, se anunció la entrega de bonos de emergencia para el alquiler temporal de viviendas, pero la incertidumbre continúa porque la solución definitiva – la reubicación en un lugar seguro – sigue atrapada entre trámites administrativos y decisiones que avanzan con demasiada lentitud para quienes lo perdieron todo.

Kenney Vela Jorge

El presidente del Frente de Defensa de SisaKenney Vela Jorge, hizo un llamado al Gobierno Nacional, al Gobierno Regional de San Martín y a las autoridades locales para acelerar la adquisición de los terrenos donde serán reasentadas las familias afectadas. Explicó que ya existe una relación de beneficiarios que accederán a los bonos de alquiler; sin embargo, advirtió que la emergencia no puede administrarse únicamente con medidas temporales. «¿Por qué tanta demora si estamos frente a una emergencia?«, cuestionó, al recordar que varios damnificados han optado por regresar a sus antiguos predios debido a las condiciones precarias en las que permanecen alojados.

El dirigente informó que desde la sociedad civil se mantienen conversaciones con propietarios de terrenos que podrían convertirse en la nueva ubicación de las familias. Una de las alternativas se encuentra en el sector Agua Blanca, donde existe un predio de 36 hectáreas situado a un costado de la carretera.

Para Kenney Vela Jorge, la voluntad existe, pero hace falta que las entidades públicas actúen con mayor rapidez para concretar la compra y evitar que la incertidumbre siga prolongándose.

Sin embargo, el desastre de Eladio Tapullima trasciende la emergencia inmediata. También pone en evidencia una realidad que durante años ha sido advertida por especialistas y pocas veces atendida: el crecimiento desordenado de los centros poblados y la ocupación de laderas, quebradas y zonas inestables sin criterios de ordenamiento territorialSegún explicó el dirigente, cerca del 60 % de la población de la provincia de El Dorado proviene de procesos migratorios que, en muchos casos, han impulsado el establecimiento de viviendas en espacios vulnerables por falta de planificación y alternativas de desarrollo.

A este escenario se suma un problema aún más profundo: la deforestación. La pérdida constante de cobertura boscosa ha debilitado la capacidad natural del suelo para retener el agua y estabilizar las laderas, incrementando la posibilidad de deslizamientos durante las temporadas de lluvias intensas. Para Kenney Vela Jorgelas campañas de educación ambiental que impulsan las instituciones educativas son importantes, pero insuficientes cuando no existen políticas públicas sostenidas para proteger las cabeceras de cuenca, conservar los bosques y controlar la expansión urbana.

La tragedia también vuelve a colocar sobre la mesa una deuda histórica de muchas municipalidades: hacer cumplir los Planes de Desarrollo Concertado, los Planes de Acondicionamiento Territorial y los Planes de Desarrollo Urbano, instrumentos técnicos diseñados precisamente para evitar que la población continúe asentándose en áreas donde el riesgo ya ha sido identificado. La prevención no empieza cuando ocurre un desastre; comienza mucho antes, con decisiones responsables sobre dónde construir, qué áreas conservar y cómo planificar el crecimiento de las ciudades.

En el C.P. Eladio Tapullima, los bonos representan un alivio momentáneo, pero no resuelven el problema de fondo. La verdadera reconstrucción pasa por devolverles seguridad y dignidad a las familias afectadas, proteger los bosques que aún sobreviven y comprender que cada árbol derribado y cada vivienda levantada sin planificación incrementan la vulnerabilidad de toda una comunidad. Porque cuando el territorio deja de ordenarse y la naturaleza pierde sus barreras, las emergencias dejan de ser accidentes para convertirse en consecuencias previsibles.

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