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lunes, julio 15, 2024
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Juan Inuma

A sus setenta años Juan Inuma comprendió que su vida había sido un fracaso. Se decía que, por las cosas que hizo o dejó de hacer, era un pobre y grandísimo tonto. Quienes le conocían opinaban de él que había hecho y propuesto mucho, pero que pocas veces fue escuchado. Y los años habían seguido su curso, mientras los pueblos parecían retroceder en su ruta al progreso: los riachuelos casi habían desaparecido y los funcionarios gestionaban solo para no desagradar al político de turno que gobernaba.

¿Cómo describir a Juan Inuma y retratar la esencia de su personalidad, que combinaba sueños y frustraciones? Para su propia satisfacción –que no llegaba a ser un ego desmedido–, encontraba que, a pesar de todo, algo había hecho y eso compensaba sus carencias; y su pertenencia a grupos amicales le permitía aprender mucho pues, comprendía, la vida es un constante aprendizaje, llenaban sus días que a veces se le antojaban vacíos, pues en el país en el que vivía, todo era caos y sus políticos ya casi lo habían destruido.

Cierta mañana, después de comprar el periódico, caminaba mientras reflexionaba sobre aquella pregunta de “¿en qué momento se jodió el Perú?”, interrogante que podría tener todas las respuestas o ninguna, cuando la pregunta de siempre debería ser: ¿cómo eliminar a los políticos? Porque, llevarlos a la silla eléctrica no sería suficiente. O sea, ninguna sanción se les podría aplicar porque la forma en que estaban actuando, no era propio de seres racionales y sería la actitud de sujetos inimputables que habían perdido el sentido de la realidad. Y ahí estaba Juan Inuma pretendiendo hacerse escuchar, escribiendo a su congresista, alcanzando ideas, iniciativas, propuestas y mereciendo solo el silencio. Alguna vez le dijeron en cierta municipalidad: “Por sí acaso, no hay trabajo”.

Todo lo anterior configuraba el escenario de la incertidumbre, en un país como si fuera una nave al garete: como el extravío de los propósitos y el desinterés en la gente y en sus aspiraciones. Porque, quienes gobernaban su país, lo destruían y permitían todo lo malo: sin fajas marginales, sin bosques urbanos, ciudades anómicas, sin espacios públicos, carreteras desertificadas, ríos sin agua y sin paisajes. Los políticos no pensaban en el bien común y los funcionarios –que no conocían sus roles–, solo se esmeraban en lucirse.

Llegando a la esquina, mientras distraídamente leía su periódico, un dato le llamó la atención. Se anunciaba el proceso de las revocatorias. Juan Inuma siempre había considerado que las autoridades debían permanecer en sus puestos, porque más que ellas ser culpables de los desaciertos de sus gestiones, sus electores y la gente a la que nombraban eran los verdaderos responsables, porque aun pareciendo ser buenos profesionales, no eran sino figuritones y lambiscones.

Antes de subirse al motocar, un conocido y pérfido mecánico pasó por su lado. Le sonrió con esa sonrisa anodina, calculada y distante. Una sonrisa que era solo una caricatura. (Comunicando Bosque y Cultura).

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