“Industrializar el cacao es un objetivo necesario, pero pretender hacerlo sobre campos asfixiados por plagas, el uso indiscriminado de químicos y el abandono generacional es una ilusión; la verdadera salvación empieza por modificar los hábitos productivos, cuidar al polinizador y rescatar la asociatividad”. Ingeniero Leonardo Hidalgo
La reciente alerta sobre el desplome de la producción cacaotera en San Martín – que ha caído más de un 50%, reduciendo el área orgánica de 17 mil a solo 6 mil hectáreas bajo el asedio de la variabilidad climática, la moniliasis (conocida como algodoncillo) y la plaga del mazorquero – ha provocado un profundo debate entre los profesionales del sector. Ante la desesperación, miles de productores recurrieron a la aplicación de químicos innecesarios, perdiendo valiosas certificaciones, mientras entidades oficiales como el SENASA e INIA han argumentado que la asistencia directa en el campo no es su responsabilidad. Frente a este vacío, las cooperativas han respondido impulsando bio-fábricas e insumos ecológicos, exigiendo que los gobiernos locales prioricen la inversión en el agro por encima del cemento.
Si bien se ha señalado con firmeza que San Martín no puede seguir regalando su materia prima y que es urgente industrializar nuestro cacao con valor agregado, las voces con rigor técnico llaman a poner los pies sobre la tierra.
El reconocido especialista, ingeniero Leonardo Hidalgo, aporta una perspectiva crucial para entender el fondo del problema: la industrialización es solo una consecuencia de corregir los cimientos productivos. Según el experto, el mazorquero no es un castigo ineludible, sino la consecuencia directa del mal manejo de las parcelas.

El uso indiscriminado de plaguicidas está generando un daño colateral devastador: están matando al principal polinizador del cacao, el mosquito Forcipomyia, lo que acelera la caída estrepitosa de la producción. A este colapso biológico se suma una crisis estructural y humana igual de peligrosa: el problema intergeneracional, reflejado en el desinterés de los hijos de los agricultores por continuar labrando la tierra. A ello se a añade que los autodenominados líderes de los productores muchas veces priorizaron el negocio mercantil de la venta de granos bajo una lógica de beneficio individual («ganar y ganar dinero»), descuidando la verdadera asistencia técnica.
Para salir de este atolladero, el ingeniero Hidalgo enfatiza que el camino exige cambios profundos: modificar los hábitos productivos, fortalecer la organización de los productores y apostar rigurosamente por la investigación y el desarrollo. No basta con exigir fábricas si el motor agrícola de la región se apaga desde la raíz.
El futuro del cacao sanmartinense no se salvará únicamente con discursos de industrialización ni con la ilusión de exportar granos sin control. San Martín se juega la vida de su principal motor agrícola en cada parcela donde se destruye el equilibrio ecológico y se ahuyenta a las nuevas generaciones. Si no somos capaces de modificar nuestros hábitos productivos, proteger al mosquito Forcipomyia y reconstruir la verdadera asociatividad desde las bases, cualquier planta procesadora nacerá vacía: o rescatamos el suelo y dignificamos al agricultor hoy, o veremos morir la cuna del cacao peruano.



