A estas horas, muchos seguramente están tomando agua de azahar para los nervios, mirando el celular cada treinta segundos y esperando los resultados finales. Otros, más entusiastas, o simplemente más apurados, ya autoproclaman a su jefe como el nuevo gobernador o alcalde, reparten cargos imaginarios y hasta parecen tener lista la decoración del despacho.
Calma. Hay que dejar que la torta termine de cocinarse.
Porque una cosa es sacar la bandeja del horno y otra muy distinta es tener una torta lista para servir. Y ya sabemos que, cuando uno se apresura, puede terminar quemándose en la puerta del horno.
Después de una campaña como esta, cualquiera necesita agua de azahar. Porque si algo nos deja este proceso electoral es la sensación de haber asistido a una contienda donde, demasiadas veces, las propuestas quedaron arrinconadas mientras los ataques ocuparon el escenario principal.
Fue golpe tras golpe.
Ataque tras ataque.
Video tras video.
Meme tras meme.
Y, por momentos, aquello parecía menos una campaña electoral y más un sicariato político con Wi-Fi.
Ya no bastaba con cuestionar al adversario. Había que destruirlo, ridiculizarlo, desacreditarlo, desempolvarle una fotografía, rescatar una frase, sacar un error del archivo o fabricar una historia suficientemente escandalosa para convertirla en munición electoral.
Pero las urnas ya hablaron y, aunque la decisión popular pueda gustarnos o no, debe ser respetada. Porque la democracia no consiste en aceptar únicamente los resultados que nos favorecen.
El pueblo puede equivocarse. También puede acertar. Puede votar con esperanza, con miedo, con memoria, con enojo o con la información que tuvo disponible. Pero el resultado democrático no puede ser válido solamente cuando coincide con nuestras preferencias.
Y ahora viene la verdadera resaca electoral.
La campaña terminó.
Ahora empieza la realidad.
Y con ella comenzaremos a descubrir cómo se devuelven algunos favores políticos de campaña.
Porque hacer política no solamente implica discursos, fotografías y mítines. También existen alianzas, apoyos, compromisos, silencios y promesas.
Y habrá que estar atentos para que esos favores no terminen convirtiéndose en facturas pagadas con dinero público.
Porque una cosa es agradecer un respaldo y otra muy distinta es administrar una institución como si fuera una libreta de deudas personales.
Aquí aparece una metáfora bastante sencilla. Imaginemos que después de mucho tiempo regresamos a nuestra casa. Abrimos la puerta y descubrimos que alguien entró. Falta el televisor, la refrigeradora, los muebles, los ahorros y hasta la vajilla desapareció. Y cuando preguntamos qué ocurrió, alguien nos responde: “Pero tú los elegiste”.
Ahí está el problema.
La casa es nuestra.
La llave también.
Y quienes elegimos reciben temporalmente esa llave para administrarla, no para sentirse dueños de ella.
Nuestra casa se llama San Martín. Y dentro están nuestros colegios, hospitales, carreteras, agricultores, productores, jóvenes, niños, adultos mayores, comunidades, bosques, ríos y recursos públicos.
Nada de eso pertenece al gobernante de turno. Le pertenece a la ciudadanía.
Por eso, terminada la campaña, comienza otra etapa mucho más importante: la vigilancia ciudadana.
Porque gobernar no es llenar Facebook de fotografías.
No es inaugurar placas.
No es aparecer todos los días en una reunión.
Gobernar es administrar.
Decidir.
Priorizar.
Rendir cuentas.
Explicar.
Y responder.
También gobernar para quienes no votaron por uno.
Porque una vez cerradas las urnas, el alcalde no gobierna solamente para sus seguidores. El gobernador tampoco administra únicamente para quienes lo aplaudieron.
Gobierna para todos. Y nosotros tenemos una obligación: no olvidar.
Que quede registrado lo prometido.
Que se recuerden los compromisos.
Que se fiscalicen las decisiones.
Que se pregunte dónde está el dinero.
Que se exija transparencia.
Porque la democracia no termina cuando depositamos el voto. Ahí recién comienza nuestra responsabilidad.
Así que, en esta resaca electoral, bajemos el volumen de los festejos y subamos el de la vigilancia.
Que nadie se confunda: ganar una elección no convierte a nadie en dueño del territorio. Lo convierte en servidor público.
Los aplausos duran una noche.
Los cargos, algunos años.
Pero las consecuencias de una mala decisión pueden quedarse mucho más tiempo.
A partir de hoy ya no importarán los memes de campaña, ni quién gritó más fuerte, ni quién destruyó mejor al adversario.
Importarán los hechos.
Veremos quién cumple.
Quién administra.
Quién responde.
Quién escucha.
Y, sobre todo, quién entiende que el poder no es un premio: es una responsabilidad prestada por los ciudadanos.
Porque después de tanta guerra digital, quizá llegó la hora de apagar un rato el celular, guardar los memes y encender algo mucho más necesario: la memoria.
Y mientras algunos celebran haber llegado al poder, los ciudadanos deberíamos recordar algo elemental: la elección termina cuando se cuentan los votos; la democracia continúa todos los días.
Ahora sí.
Que empiece el verdadero partido. Y que nadie pida silencio cuando llegue la hora de rendir cuentas.



