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San Martín no es una isla: La región que no somos y el territorio que no gestionamos

Por Dolly Cristina Del Águila Arévalo
Kuri Anka

Una imprecisión técnica que nos invita conocer la realidad.

En plena campaña a los gobiernos regionales, casi todos los candidatos repiten la misma frase: «gobernador de la región San Martín». El problema es que, técnicamente, San Martín no es una región. Y ese error, más que una curiosidad gramatical, es apenas el primer síntoma de algo más profundo: seguimos sin construir el territorio que decimos merecer, y sin reconocer el que realmente somos.

La Constitución es clara. El artículo 189 distingue expresamente regiones, departamentos, provincias y distritos como circunscripciones distintas. El artículo 190 establece que una región solo se constituye cuando dos o más departamentos contiguos se integran mediante referéndum. San Martín ya vivió ese proceso: perteneció a la región Víctor Raúl Haya de la Torre en los años 80, se separó de ella en 1991, y en 1992 el Decreto Ley N° 25666 creó una efímera Región San Martín propia. La reforma de 2002 reseteó ese esquema, y el referéndum de 2005 -última oportunidad de integración- no incorporó a San Martín a ninguna macrorregión. Hoy no existe una sola región como circunscripción en el Perú: los 25 «gobiernos regionales» administran 24 departamentos y la Provincia del Callao. El nombre induce al error: «regional» describe el nivel de gobierno, no el tipo de circunscripción.

Aclarado esto -para cultura general, no para señalar a nadie- la pregunta que importa no es semántica, sino de gestión. San Martín no es un bloque homogéneo: Alto Mayo, Bajo Mayo, Huallaga Central y Alto Huallaga tienen vocaciones con potencialidades y limitaciones distintas. Aun así, la mayoría de planes de gobierno hablan de «la región» en genérico, como si una sola estrategia pudiera atender al mismo tiempo el corredor cafetalero de Lamas, el eje arrocero de Bellavista y la frontera productiva de Tocache. Gestionar desde las potencialidades reales exige diferenciar, no uniformizar.

Y hay algo más que ningún candidato menciona: en pleno debate, uno de ellos afirmó que San Martín es «netamente amazónico». No lo es, y en tres sentidos:

Geográficamente, tenemos humedales, bosque tropical, bosque seco y en Huicungo (Mariscal Cáceres), San Martín comparte con Bolívar, en La Libertad, el nevado de Caxamarquilla, que supera los 4,600 metros. Alrededor suyo hay más de un centenar de lagunas altoandinas permanentes. Ese territorio de jalca y bosques nublados es la fábrica de agua que alimenta después al río Huayabamba, y con él, a la selva baja que sí conocemos como San Martín.

Hidrológicamente, esa cuenca no reconoce límites departamentales: el Huallaga y el Huayabamba conectan a San Martín con Amazonas, Loreto, Huánuco y La Libertad. Deslizamientos, inundaciones y corredores económicos se comportan como sistema, no como jurisdicciones separadas. La propia Constitución lo anticipa al permitir que los gobiernos regionales creen mecanismos de coordinación mientras dure el proceso de integración territorial, algo que ningún plan de gobierno de esta campaña plantea.

Demográficamente, San Martín tampoco es amazónico en su gente. Entre 1981 y 1993, el departamento creció a un ritmo poblacional de 4.7% anual, impulsado por una fuerte migración proveniente de Cajamarca, Amazonas, Piura y La Libertad. Dichos migrantes aportaron a la dinámica del café, el cacao, el arroz y la palma que hoy son parte de la economía sanmartinense, poblando ejes importantes en nuestro territorio. La idiosincrasia sanmartinense es, en gran medida, andina y de costa norte trasplantada a la selva alta.

Entonces, llamar a San Martín «netamente amazónico»; no es un desliz menor: invisibiliza su mitad andina, su dependencia hidrológica de sus vecinos y el origen migrante de buena parte de su gente. Es el mismo error de fondo que confundir región con departamento: simplificar un territorio complejo para que quepa en un discurso de campaña, en vez de gobernarlo como lo que realmente es.

Si esta tendencia continúa -gobiernos que se suceden repitiendo el nombre equivocado, ignorando la cuenca que compartimos y desconociendo quiénes somos realmente- San Martín seguirá administrándose como una suma de promesas aisladas y no como el sistema vivo que es. Un territorio no se gestiona por decreto ni por eslogan de campaña: se gestiona reconociendo sus potencialidades y limitaciones, su geografía compartida y su gente diversa. San Martín nunca terminó de decidir si era región o departamento, y hoy tampoco termina de decidir si es andino o amazónico, propio o migrante, cabecera de cuenca o territorio aislado. Mientras esa pregunta siga sin resolverse en cada plan de gobierno, seguiremos votando por gobernar una idea de San Martín que no existe, en lugar del territorio -complejo, interdependiente, inacabado- que realmente tenemos que construir.

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