Francisco del Castillo Vásquez, a quien todos llaman Panchín, no es un hombre común; es una leyenda viva que late en el corazón de la Amazonía.
Su legado no se esculpió con las modas efímeras del tiempo, sino con el cincel de una vida entera entregada al trabajo implacable, la perseverancia indomable y una disciplina de hierro que doblegó cualquier adversidad.
En la geografía indómita de la región, Panchín grabó su nombre con versatilidad admirable. Sus manos sabían tanto de la paciencia de la tierra como eximio agricultor, como del rigor geométrico del meticuloso maestro de obras.
Al caer el sol, se transformaba en el chapanero de cepa, un hábil cazador nocturno que descifraba los secretos ocultos bajo el manto de la selva. Pero fue en las venas caudalosas del río Huallaga donde se coronó como un verdadero titán.
Sorteó una y mil veces las corrientes embravecidas y los abismos líquidos del temido mal paso del Chumía. Ahí donde el río ruge y devora, Panchín desafiaba a la muerte: se sumergía sin titubear en las entrañas de los remolinos para liberar su tarrafa, atrapada entre palizadas traicioneras y colosos de piedra.
Emergía siempre airoso, desafiando las leyes de la física con una destreza que rozaba lo mítico.
Entre los años ochenta y mediados de los noventa, su nombre corría por el agua más rápido que la corriente; era el pescador más respetado de la ribera. Poseía una figura menuda y delgada, pero su sola presencia infundía un respeto sagrado entre propios y extraños. La pesca no era un oficio, era su fuego interno. Cada año, con el brillo intacto de un entusiasmo juvenil, sus ojos buscaban el horizonte esperando el milagro del mijano, ese gran cardumen amazónico que viaja como una marea de plata viva.
Aquella epopeya fluvial exigía un ritual donde el azar no tenía cabida. Cada jornada se planificaba con la precisión de una campaña sagrada. Sin embargo, detrás de la ingeniería del viaje, de los aparejos perfectos y las provisiones exactas, habitaba el verdadero motor de su fuerza: la mano amorosa de su «Reina», su esposa y compañera eterna, Luchita Morey. Así se nombraba ella y así la invocaba él, con una devoción inquebrantable. Hoy, la Reina descansa en la gloria del Señor, pero su luz sigue guiando las barcas de su memoria.
El río sigue su curso y, por ahora, el relato de sus travesías hace una pausa necesaria, dejando suspendidas en el tintero muchas más crónicas memorables de este coloso del Huallaga.



