A través del testimonio entrañable del periodista Óscar A. Macedo Mejía, una mirada profunda a la tierra donde la selva abraza la vida, mientras la desidia centralista y la cicatriz abierta de la minería amenazan el alma de la capital de la biodiversidad.
Por: Beto Cabrera Marina
Existe en el sur profundo de la patria una geografía donde los ríos cantan historias milenarias y la vegetación late con una furia sagrada. Hablar de la Amazonía sur del Perú es adentrarse en un universo de contrastes abismales, donde la majestad imponente de uno de los ecosistemas más diversos del planeta coexiste, en dolorosa vigilia, con el silencio amargo del olvido institucional.
Para desentrañar los hilos de esta trama socioeconómica y humana, nos detenemos en la palabra de Óscar A. Macedo Mejía, un hombre cuya propia vida ha corrido paralela al pulso de su suelo natal. Natural de Madre de Dios, Macedo no examina su tierra con la mirada fría del observador distante; la analiza con la fibra del testigo directo que desde niño aprendió a leer los secretos del monte, a navegar el bramido de sus cauces y a contemplar, con nostalgia y temple, cada una de las mutaciones que moldearon el destino de esta frontera viva.
El relato de este hombre de prensa, que ha entregado sus años al ejercicio noble del periodismo por un amor visceral hacia su terruño, encuentra su primer hito en el advenimiento de la Carretera Interoceánica. Durante décadas, esta región habitó una suerte de insularidad mítica, donde viajar hacia Cusco o Puno demandaba semanas de odisea por trochas carrozables que las lluvias voraces convertían en lodazales escabrosos. La llegada del asfalto quebró ese aislamiento ancestral, reduciendo la travesía a un puñado de horas. Sin embargo, la promesa de la integración internacional pronto reveló sus sombras: el tan ansiado desarrollo fronterizo quedó detenido en la retórica de los discursos.
En la lejana Iñapari, jamás vio la luz el anunciado puerto seco, ni se erigió un complejo binacional fronterizo moderno. Mientras Brasil mantiene celosas trabas a los productos nacionales y con Bolivia persisten senderos informales sin un paso oficial consolidado, la vía interoceánica se erige hoy como una arteria desaprovechada que no ha logrado florecer en el verdadero intercambio comercial prometido.

En las aulas y los gabinetes académicos, la lucha por el saber ha sido otra épica inconclusa. La fundación de la Universidad Nacional Amazónica de Madre de Dios (UNAMAD) en el año 2000 constituyó la victoria de una generación combativa empeñada en evitar la partida prematura de sus jóvenes. No obstante, una frustración de 25 años ensombrece su propósito original. El Instituto de Investigación de Recursos Naturales, consagrado en la ley de creación para convertir la botánica medicinal y la biodiversidad en motores de ciencia y progreso, nunca salió del papel. Frente al inminente proceso de elección de autoridades universitarias, Óscar A. Macedo Mejíaalza una voz de invocación ética para que las futuras gestiones asuman el compromiso histórico de reactivar este centro neurálgico, transformando la riqueza natural en empleo, conocimiento científico y soberanía ambiental.
La crisis cotidiana golpea con más crudeza allí donde la piel humana se muestra más vulnerable: la salud y la educación pública. En los pasillos de las postas y hospitales, el panorama es desgarrador debido a la ausencia crónica de médicos especialistas y a un equipamiento obsoleto que condena a los enfermos. Las promesas de campaña sobre un nuevo Hospital Regional quedaron oxidadas en los archivos gubernamentales, obligando a trasladar pacientes de urgencia en viejas ambulancias hacia el Cusco, sometiéndolos a un choque térmico y de altitud que agrava su estado. Ante este abandono, las familias de la provincia de Tahuamanu han aprendido a cruzar la línea divisoria hacia Brasil, hallando en el país vecino la dignidad de una atención médicagratuita, medicinas y diagnósticos solidarios que su propia patria les niega. En las aulas de formación básica, la situación es igualmente apremiante: a pesar de los ladrillos levantados, el Proyecto Educativo Regional yace desactualizado, y las evaluaciones en comprensión lectora y razonamiento matemático ubican al departamento en los últimos lugares del país. La propuesta de Macedo es urgente: oxigenar la labor docente e impulsar la transformación del Instituto Superior Pedagógico Nuestra Señora del Rosario en una facultad de educación integral que devuelva el rumbo a las aulas.
En el tablero de la administración territorial, el fracaso de la descentralización ha perpetuado viejas cadenas de vasallaje. Tras la amarga experiencia de la Región Inca en los años noventa, donde el presupuesto regional fue relegado por los intereses del centralismo cusqueño, la dependencia administrativa continúa incólume. Hoy, oficinas cruciales de Salud o Registros Públicos siguen atadas a despachos alejados en Cusco o Arequipa. Ni siquiera el turismo, llamado a ser el pulmón económico de la capital de la biodiversidad, logra irrigar a la población local: el modelo delodges privadoscapta al visitante extranjero en el aeropuerto dePuerto Maldonadoy lo traslada directamente a las reservas, dejando a la ciudad al margen de los beneficios gastronómicos, culturales y comerciales.
Finalmente, Macedo Mejía al encarar la herida abierta de la minería aluvial y el paisaje desolado de La Pampa, el periodista desnuda la incongruencia de un marco legal pensado exclusivamente para laminería de socavón. Al prohibir la actividad en cauces de ríos, la ley vuelve utópica cualquier formalización en el llano amazónico, estrangulando las posibilidades de cobrar canon o regalías y dando paso a un colosal mercado negro de oro hacia Brasil y Bolivia. Las incursiones de zares antimineríasolo dejaron tras de sí escándalos decorrupción y contrabando de combustible, mientras la vegetación sigue cayendo herida sin que el Congreso de la República ni el Ejecutivo conciban una norma adecuada a la realidad fluvial.
Madre de Diosno demanda más discursos vacíos ni promesas nacidas en escritorios lejanos; exige con clamor la presencia viva de un Estado que respete su geografía, dignifique a su pueblo y permita que la majestad de su selva sea, al fin, la promesa cumplida de un futuro justo y soberano



