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Las canillas flacas de la cortina

A mediados de los años noventa, la casa de la cuadra tres del jirón Sofía Delgado empezaba a quedarse en silencio. Los integrantes de la familia que alguna vez llenaron de jolgorio aquellas paredes migraban hacia sus propios hogares; algunos lo habían hecho a inicios de la década y, de forma paulatina, del bullicio de antaño solo quedaba el eco de las risas y llantos que por décadas albergaron los del Castillo Morey. María Luisa había decidido llevar a la Lui a vivir con ella a Morales; el avance de la diabetes exigía cuidados más rigurosos. Solo Panchín se resistía a abandonar el predio familiar. Dejó su habitación del fondo para mudarse a la que tenía puerta a la calle. Allí erigió su fortín: un espacio para vivir a su antojo, sin rendir cuentas a nadie, convirtiendo su cotidianidad en un eterno festival.

Aunque el Chumía todavía lo acompañaba, su presencia ya no era constante; la chacra había dejado de ser su oficio principal y las jornadas de caza, que antes dominaba con destreza, habían quedado en el olvido. Como un alma libre, reacio a los moldes ajenos, Panchín rechazó la oferta de su hija María Luisa. Prefirió quedarse en aquella casona del barrio Partido Alto, rodeado de los vecinos de siempre y fiel a su rutina vespertina: sintonizar El Patrullero 1160, el concurrido programa policial conducido por el célebre Guillermo Sánchez Ushiñahua.

—Este Guillermo es un caso —solía decir Panchín, aferrado a la señal AM de Radio Imagen—. Me gusta cómo narra las noticias, me hace reír y, sobre todo, me acompaña.

Cada tarde, durante sus vacaciones en Tarapoto, Roberto Carlos acudía a la vieja casona a visitar a su abuelo. Las tertulias se prolongaban entre confidencias y, de cuando en cuando, el agudo tintineo del vidrio pautaba la conversación. Una tarde, cuando el entusiasmo de la charla estaba en su punto más alto, Panchín interrumpió a su nieto:

—Hay que dejarlo por hoy, hijo. He quedado con la flaca; va a venir a verme y quiero cerrar la puerta. Quiere su tanda.

Las risas inundaron el cuarto. Roberto Carlos, con un tinte de desgano que sonaba a reproche, le insistió en que continuaran y pospusiera el encuentro para otro día. Pero Panchín, terco y apasionado, no dio el brazo a torcer.

—Hay que aprovechar el momento, que de repente mañana ya no valemos nada.

Sin más remedio, el nieto tuvo que desalojar el «cubil», retirarse de la escena y dejar que el abuelo se entregara a los asuntos del deseo y la pasión.

La mujer llegó con puntualidad europea. Parecía que Panchín poseía un magnetismo misterioso, un encanto maduro que rendía voluntades. Con la flaca en la habitación, comenzaba el ritual: echar el doble cerrojo a la puerta y bajar la cortina junto al triplay que dividía la sala de los aposentos del patriarca.

Cuando la atmósfera ganaba temperatura y el calor encendía los cuerpos, unos golpes secos y rotundos contra la madera interrumpieron el idilio. Sobresaltado, Panchín preguntó quién llamaba.

—¡Papá, abre la puerta! ¡Sé que estás con una mujer!

Panchín y su acompañante se incorporaron de un salto. Presa del pánico, la flaca se ocultó tras la cortina, pero como el retazo de tela quedaba corto, sus pies delataban el escondite. María Luisa entró al pequeño cuarto, barriendo el lugar con la mirada; al principio no vio nada, pero al girar hacia la división de triplay, descubrió dos canillas flaquitas que sobresalían en el borde inferior.

—Si la mujer está acá, mejor que vaya saliendo. ¡Voy a traer una escoba y la voy a palear! —sentenció la hija.

La mujer, manoteando sus prendas a toda prisa y en paños menores, huyó rauda de la casa, impulsada por el pavor a la paliza. Cuando María Luisa regresó con la escoba, el cuarto estaba desierto; la flaca había logrado ponerse a buen recaudo.

Años más tarde, en cada reunión familiar, la anécdota volvía a la mesa ante la mirada de hijos y nietos, convertida ya en una leyenda de la casa.

—Mala has sido, hermana —reprochaba Hernán entre carcajadas—, le hubieras dejado pelar su atadijo al viejo.

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