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lunes, mayo 27, 2024
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¿Gagó se zurró en el país?

a través del cristal
Willian Gallegos Arévalo
columnista

Lo que está ocurriendo con el congresista Julio Gagó es otra demostración de que la sinvergüencería ha recibido carta de ciudadanía en el país: con la permisividad y aplausos del respetable.

Cuando las evidencias son ya más que concluyentes, según como hemos escuchado y ha desentrañado la prensa de todas las tendencias, tanto las democráticas como las monárquicas, al todavía congresista no le está pasando nada, más que amagos de investigación, cuando ya debería haber sido detenido y el señor Peláez, por la salud pública de su chacra… perdón… del país, ya debería haber intervenido antes que estar ordenando los expedientes de los crímenes políticos de sus partidarios para archivarlos. Gagó ya debería estar en Piedras Gordas, o traerlo a Sananguillo.

En el país se tienen distintas reglas para medir según el poder económico y político de la gente. Por ejemplo, a Fritz no le pasa nada y sigue tan campante como ese famoso whisky. Al congresista conocido como “Comepollo”, que es el gran descubrimiento de una ambigua periodista limeña, le metieron en la cárcel. Un texto en el internet dice que el caso del ex congresista Anaya es el del ladrón de gallinas al que meten en prisión, mientras que los grandes y rankeados ladrones siguen impunes. Recordemos que en la región San Martín a una autoridad lo vacaron por menos de quinientos soles, que no robó, en un caso que no pasaba de ser un asunto de ética solamente.

Lo hecho por el congresista Gagó es una demostración más de que quienes tienen poder pueden zurrarse o cagarse en el país cuántas veces les dé la gana. Y si se trata de políticos encumbrados, tienen la fortaleza adicional de sus militantes o cómplices que aplauden a rabiar buscando todas las justificaciones posibles. Ya no se trata solo de militantes y seguidores humildes y disciplinados, porque también nos encontramos con gente con instrucción y títulos universitarios, a quienes se les supone con criterio y formación para ser más racionales y justos en sus juicios, opinando con subterfugios y falacias para defender posturas y latrocinios de los “capos” de sus partidos. Todos bajan en la misma balsa, como si fueran parte de una manada.

Gagó pone en evidencia, una vez más, ahora sí de manera, si se quiere trágica, la podredumbre del sistema político en el país; y por supuesto, no somos la excepción, como nos relata Amy Goodman, en un interesante artículo que publica el diario La Primera, que comentaremos en otro artículo, cuando mi amigo Lenin, me ayude a buscar financiamiento para esta columna. Gagó dice: casi todos los congresistas hacen lo mismo; o sea, maniobrar para que lucren con el Estado, gracias a ese arte de sacarle la vuelta a las cosas, dándoles visos de legalidad. Como reflexiona Juan Inuma: parece que no tendríamos futuro.

El vergonzoso episodio, cuyo protagonista es Gagó, destruye aún más la moral del país. ¿Para qué mierda enseñar valores en las escuelas y hablar tanto de la ´transparencia´ en la administración pública, “luchar” contra la ´corrupción´, si tenemos políticos degenerados que viven en el reino de la impunidad, se consideran referentes y siguen de “líderes” casi todas sus vidas? Cuando a los políticos malandrines se les encause y se les dé una sanción moral ejemplar –por lo menos, porque aún tenemos al Fiscal ahí– la gente va a pensar cien veces para querer dedicarse a la política.

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