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Historias de Tarapoto, 78

Por Willian Gallegos Arévalo

El amor y el deporte son el verdadero sentido de la vida. El deporte nos saca de la apatía y de esos ensimismamientos de repente enfermizos. Ese fin de febrero, y comenzar del mes siguiente, los sanmartinenses vivimos con el frenesí al máximo. Y no era para menos pues el Cultural Juanjui había llegado a Lima para ser protagonista de una hazaña sin nombre y que la historia escribió una de sus páginas más gloriosas. Más de cincuenta años después seguimos vibrando y cuando ya todo pareciera ser parte de esa nostalgia de pasión y ternura al mismo tiempo.

El Cultural Juanjui, como se menciona en “Campeones de todos los tiempos”, llevó a Lima la siguiente delegación deportiva: Miguel Sinti Pinchi, Horacio Silva Espino, Orestes Saldaña Aguilar, Eloy Ruíz Trigoso, Pedro Rengifo Murrieta, Oscar Manuel Acosta Aguilar, Pericles Mera Saavedra , Miguel José Morillas Benavides, Eugenio Eulogio Seclén León, Canicio Leopoldo Fernández Araujo, Oliveros Aguirre, Manuel Rodríguez Saavedra, Carlos Carril Modesti, Walter Ernesto Lescano Ludeña, Antonio Serrano Rivasplata, Lorenzo Fermín Inguanse, Carlos Cáceda, César Ruíz, Manuel Fernando Tello Rojas y Pedro Girano Fonseca. Por la parte administrativa viajaron: Manuel Jesús Meléndez Rondona (presidente), Dr. Manuel Vertiz (delegado), Jorge Adalberto del Águila (secretario), Edwin Valles Vásquez (jefe del equipo), Dr. Darío Estrada Tinoco (Médico) y, como entrenador, el ex futbolista Ismael Vergara Bravo.

En esa noche inaugural, el Club Social Deportivo Carsa alinearía con un grupo de jugadores compuesto de nombres ilustres del fútbol arequipeño y nacional. Todo ello daba pie a que el partido inaugural de la “finalísima” tenía ya un ganador seguro de su triunfo. Los aficionados del país no podían esperar otra cosa y, pese a todos esos pronósticos, teníamos remotas esperanzas que se produjera la hazaña.

Aquel domingo inaugural el Estadio Nacional era un bullicio como solían serlo esas finalísimas. Casi cincuenta mil almas en las tribunas armaban un griterío de los mil diablos. Ya habían pasado las épocas cuando el Cienciano del Cusco llevaba a las definiciones de la Copa Perú al legendario Nilo Castañeda, cuyas presentaciones causaban furor. Las páginas deportivas de los diarios daban cuenta anticipada de la emoción pues todo el país estaba atento a lo que ocurriría en el gramado.

Fácil es imaginar lo que en los momentos previos sentían los atletas del Cultural Juanjui. Oscar Acosta Aguilar tal vez se preguntaba si podría parar a esos férreos arequipeños que se proyectarían por las puntas, pero ahí tenía a Eloy Ruíz Trigozo con sus muslos de quinilla y cerca también al hercúleo Orestes Saldaña Aguilar, como a Horacio Silva Espino. Esta muralla infundía confianza y seguridad. Y ni hablar de la volante y el ataque. Todo el equipo era una organización de armonía y perfección.

Y llegaría del debut en esa finalísima. Comenzaría el partido, que ya es leyenda. (Comunicando Bosque y Cultura).

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