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¿Maldito? No, Bendito Castellano

“No voy a aprender su maldito idioma. No tengo tiempo”, fueron las expresiones de Donald Trump, el mes pasado, frente a 12 presidentes latinoamericanos (entre ellos, Milei, Bukele, Noboa, Kast y los mandatarios de Bolivia, Costa Rica y Paraguay), que solo rieron sumisamente frente al comentario despectivo del estadounidense.

Sin embargo, más de 630 millones de personas lo utilizan para comunicarse a diario, lo que permite tener al español o castellano como el cuarto idioma más hablado en el mundo, hecho que demuestra que es una lengua valorada, respaldada y apreciada por quienes lo hablan.

El 23 de abril se celebra el Día del Idioma Español por el aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, autor de “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Fecha que coincide con el Día del Libro, que la Unesco conmemora en honor a tres grandes escritores, Cervantes, junto a Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega que fallecieron el mismo día en 1616.

El idioma castellano que nos sirve para nombrar el mundo y expresar nuestros pensamientos y emociones sería muy limitado sino hubiese recibido más de 4 mil palabras árabes como algodón, almohada, aceite, joroba, tamarindo o mezquino. Y para no caer en mezquindades, es necesario recalcar que las lenguas originarias americanas han apapachado (procedente del náhuatl abrazar) al viejo español que trajeron los conquistadores y hoy continúan enriqueciéndolo.

El quechua, azteca, maya, náhuatl, taíno, guaraní o aimara han regalado al antiguo español palabras que ahora resultan imprescindibles para los hispanohablantes.

¿Qué haríamos sin chocolate, cacao, choclo, tomate, maíz, tamal o mate? ¿Podría el chamaco, con su poncho y sus ojotas, cuidar al tucán en la chacra o en su cancha? ¿La alpaca, que no consume tabaco ni pucho ni chicle, tendría la capacidad de esconderse del cóndor? ¿Y para nosotros, cabría la posibilidad de descansar en una hamaca junto a nuestra carpa?

En los últimos años las circunstancias han permitido incorporar nuevas palabras a nuestro idioma. Covid, coronavirus, hisopado, teletrabajo, nueva normalidad y burbuja social fueron muy utilizadas durante la época de la pandemia, cuando llegaron para quedarse en el uso diario y en el diccionario.

Otros términos esperan su reconocimiento oficial, pero los hablantes ya las hablan. Voces como influencer, email, online, link, callcenter aguardan su like. Mientras los vocablos hashtag, smartphone o gif fueron incorporados al Diccionario de la lengua española, no obstante, según la norma no son plenamente españolas y deben escribirse en cursiva. ¡Plop! Este americanismo onomatopéyico refleja, con ironía, nuestra perplejidad ante dicha exclusión debido a decisiones normativas.

Gabriel García Márquez solicitaba sensatez para simplificar la gramática antes que ella nos simplifique a nosotros. Hacer al castellano más libre y expresivo, para evitar, entre otras cosas, el caso de “nuestra be de burro y ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una”.

La verdad es que las palabras pertenecen a los hablantes, pues ellos (nosotros) las crean, reproducen, modifican y aplican de acuerdo al tiempo o espacio en el que se encuentran y las emplean según sus necesidades. Así por ejemplo, apareció el papichulo que tiene su amigovia y le invita su lonchera.

Entonces, afirmamos que el castellano está bendito. No solo porque Bad Bunny bendice a los que maldicen en su canción Bendiciones, sino porque en su presentación en el Super Bowl de este año permitió que aumente en 178% el interés por las clases virtuales de español en Estados Unidos y crezca un 35% en Duolingo en solo una semana.

No hay que pensar solo en la ortografía o en la sintaxis. Las conexiones con palabras de otros idiomas, sus variantes y regionalismos tienen que recordarnos que el uso de la lengua debe unir y no discriminar.

El castellano, aunque no se escriba o pronuncie “correctamente o según las normas”, se deja entender y es un vehículo de unión y de disfrute. Un diáfano ejemplo es el poema de José Manuel Marroquín, en el que Calixto canta bajo la ventana de Carmen: “Ahora que los ladros perran / ahora que los cantos gallan… / ¡Oh ventánate a tu asoma! / ¡Oh, persiane un poco la abra, / Y suspire los recibos / Que este pobre exhalo amanta!

Oswaldo Diaz Chávez

Periodista y Docente de Literatura

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