Obsta. Espec. Dra Evangelina Ampuero Fenández
En 1933 el británico Grantly Dick-Read incomodó a la obstetricia con una idea sencilla: buena parte del dolor del parto no nace del útero, nace del miedo. Su tríada miedo-tensión-dolor fundó la escuela inglesa. Una década después, en la Unión Soviética convirtieron esa intuición en método. Pávlov ya había demostrado que el cuerpo aprende a responder a un estímulo, así que entrenaron a las gestantes en respiración y relajación para recibir la contracción. El francés Fernand Lamaze vio esas salas en Moscú, llevó la técnica a París en 1951 y la hizo famosa como «parto sin dolor». Vinieron luego Bradley, que sentó al padre del bebé en la sala de partos, y Leboyer, que reparó en cómo se recibe al recién nacido.
De esa herencia sale la escuela con la que trabajamos hoy, que ya no promete un parto sin dolor sino algo más honesto y más útil: una mujer preparada. Y la evidencia no es poca. Menor uso de analgesia, trabajos de parto más cortos, menos complicaciones perinatales, mejor inicio de la lactancia, menos ansiedad. La OMS lo recogió en 2018, al incorporar el acompañamiento continuo entre sus recomendaciones para un parto positivo. Ese acompañante, que durante décadas esperó en el pasillo, hoy entra a la sala.
Conviene una precisión: psicoprofilaxis obstétrica y estimulación prenatal no son lo mismo. La primera prepara a la gestante y su familia para el parto, el puerperio y la crianza. La segunda trabaja sobre el feto, con técnicas táctil, auditiva, visual y motora, buscando desarrollo neurológico y vínculo. Van juntas en la misma sesión, pero no se sustituyen: una prepara a la mujer, la otra acompaña al bebé. Y esta tiene fundamento propio. La audición fetal es funcional hacia las 24 semanas, y desde 1980 sabemos que el recién nacido prefiere la voz de su madre. El feto aprende. Se impresiona con su madre, su padre y el clima emocional de la casa.
En el Perú, la guía técnica del Ministerio de Salud vigente desde 2011 establece ambos desde las veinte semanas y en todos los niveles. En San Martín eso significa que una gestante de un caserío del Bajo Mayo tiene el mismo derecho a prepararse que una de Lima. Y la psicoprofilaxis se brinda diferenciada: bajo riesgo y alto riesgo, adaptada incluso a la hospitalizada, y adolescentes separadas de las adultas. Esto último no es un detalle de organización. Una adolescente llega con miedo, con vergüenza y muchas veces con menos red familiar que una mujer de treinta. Ponerla en el mismo grupo, con el mismo lenguaje, es asegurar que no vuelva a la segunda sesión.
No es un beneficio opcional. Es una prestación que las familias reclaman, con razón.



