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San Martín definió una de las contiendas más ajustadas entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez

Entre márgenes estrechos y una democracia volátil: el mapa político dividido

La región San Martín se convirtió en uno de los escenarios más reñidos de la primera vuelta electoral, con apenas 2 633 votos de diferencia entre ambos candidatos. El resultado reflejó la fragmentación política del país y una campaña marcada por la volatilidad del electorado, el impacto de las redes sociales y las crecientes dudas sobre la estabilidad institucional y económica del Perú.

Según los resultados oficiales de la primera vuelta electoral dejó un Perú partido en dos geografías políticas y atravesado por una sensación de incertidumbre que ya no sorprende, pero sí inquieta. Entre cifras ajustadas, regiones divididas y campañas impulsadas desde las redes sociales, la disputa entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez terminó revelando algo más profundo que una simple competencia electoral: la persistente fragilidad del sistema político peruano y la creciente volatilidad de su electorado.

Uno de los escenarios más tensos y observados fue San Martín, donde la diferencia entre ambos candidatos terminó siendo mínima. Allí, Roberto Sánchez logró imponerse con 93 288 votos, mientras que Keiko Fujimori alcanzó 90 655, quedando separada por apenas 2 633 votosA la luz de los resultados nuestra región se convirtió así en uno de los territorios donde el país mostró con mayor claridad su división política y social.

El otro caso especialmente ajustado ocurrió en Pasco, donde el triunfo de Fujimori fue prácticamente milimétrico. La candidata obtuvo 21 842 votos, apenas 236 votos más que Sánchez, quien alcanzó 21 606. La diferencia porcentual fue casi imperceptible: 18,870 % frente a 18,666 %.

El mapa electoral volvió a mostrar un patrón reconocible, aunque con matices nuevos. Keiko Fujimori consolidó su fortaleza en la costa norte, el Callao y algunas zonas de la selva. Lideró en ÁncashCallaoIcaJunínLa LibertadLambayequeLoretoPascoPiuraTumbes y Ucayali, territorios donde el discurso de orden, experiencia y estabilidad económica todavía conserva respaldo.

En contraste, Roberto Sánchez se impuso en buena parte del sur andino y en regiones con fuerte presencia rural. Ganó en AmazonasApurímacAyacuchoCajamarcaCuscoHuancavelicaHuánucoMadre de DiosMoqueguaPuno y San Martín, consolidando un voto de protesta y demanda de cambio que sigue encontrando eco en sectores históricamente relegados.

Pero hubo también territorios donde ninguno logró imponerse.

En ArequipaLima y Tacna, otros candidatos ocuparon el primer lugar, confirmando el nivel de fragmentación política y la ausencia de liderazgos nacionales sólidos capaces de articular consensos amplios.

La elección estuvo marcada además por una dinámica inédita de ascensos y caídas vertiginosas. La llamada “extrema volatilidad” dominó la campaña. Los denominados “candidatos de TikTok” crecieron y se desplomaron en cuestión de semanas, impulsados por tendencias virales y una ciudadanía cada vez más desconfiada de las estructuras tradicionales. La rapidez con la que los votantes cambiaron de preferencias dejó en evidencia una política guiada por la inmediatez digital y por una búsqueda constante de rostros nuevos frente al desgaste de la clase dirigente.

Durante años, observadores internacionales destacaron el contraste entre la inestabilidad política peruana y la solidez de su economía. Sin embargo, esa aparente separación parece haberse debilitado. El aumento sostenido del gasto público y el deterioro de la disciplina fiscal comenzaron a generar alertas incluso en sectores que antes confiaban en la capacidad técnica del Estado para sostener el rumbo económico.

El partido de Keiko Fujimori figuró entre las fuerzas que impulsaron mayores niveles de gasto desde el Congreso, pese a las advertencias del Consejo Fiscal. Al mismo tiempo, candidatos de izquierda cuestionaron públicamente a Julio Velarde, presidente del Banco Central de Reserva del Perú, una figura que durante casi dos décadas había permanecido como símbolo de continuidad macroeconómica y estabilidad monetaria.

Ese consenso informal que durante años protegió la política económica peruana parece hoy menos sólido que antes. Y esa es quizá una de las preocupaciones más profundas que deja esta elección: la posibilidad de que la turbulencia política termine erosionando también las bases económicas que sostenían parte de la confianza institucional del país.

En medio de todo, la política peruana continúa funcionando como una ruleta impredecible. La volatilidad del voto, la fragmentación partidaria y la fragilidad de los liderazgos permiten que figuras inesperadas lleguen rápidamente al centro del poder, mientras el Congreso mantiene intacta su capacidad de condicionar o incluso interrumpir gobiernos.

Tras esta primera vuelta, el Perú vuelve a ingresar en un terreno conocido, pero cada vez más incierto. El desafío ya no parece limitarse a quién ganará la presidencia, sino a si las instituciones políticas y económicas podrán resistir otro ciclo de confrontación, desgaste y desconfianza ciudadana. Por:  Beto Cabrera M.

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