La primera gran tristeza de Panchín tuvo el nombre de su primer nieto: Moisés. Al igual que el personaje bíblico rescatado de las aguas, el pequeño traía consigo la promesa de un linaje, siendo el primogénito del primer hijo varón de Panchín con Luisa Morey. Fue él, con su voz tierna y nueva, quien estrenó en la familia la palabra «abuelito».
Por eso, cuando el destino se lo llevó a los escasos seis años de edad, el golpe caló tan hondo que desordenó el tiempo para siempre en aquel rincón de la Amazonía.
Han pasado más de cuarenta y cuatro años, pero en la casa de Chirapa el calendario parece haberse detenido entre las paredes de madera y el rumor constante de la selva.
Sentado en su balanceador de siempre, bajo la luz débil que se filtra por el tejado, Panchín aún repasa los hechos con la nitidez de lo que ocurrió ayer.
El aire espeso y el olor a tierra mojada de Chirapa acompañan su melancolía mientras recuerda la dulzura inquebrantable de «Moico», como le llamaban de cariño. Moico era un niño solícito, de pasos mansos, que buscaba con desesperación el cobijo y los arrullos de la bisabuela Elena Leveau cada vez que se quedaba solo en casa.
El crujido de las maderas de la vieja casona parecía apagarse cuando Elena lo envolvía en sus brazos, arrullándolo con un celo distinto, como si presintiera que la luz de esa criatura era demasiado intensa para durar.
Alrededor de su partida se tejieron demasiadas sombras, alimentadas por el misticismo que flota en los ríos amazónicos. En estos pueblos, donde el dolor suele buscar explicaciones en lo invisible, Panchín todavía sostiene que la tragedia germinó de una brujería; una maldición nacida al calor de una fuerte disputa en el pueblo de San Miguel del Río Mayo. Se dice que el aire denso y los vientos cargados de ese pueblo, donde Peggui, la madre del niño, trabajaba como profesora, arrastraron la desgracia.
Sin embargo, más allá de los mitos, el viento de la selva y los reproches que nacen de la impotencia, la ciencia médica dictó su propio y frío veredicto: un soplo al corazón que apagó su pecho de niño.
Para la familia Del Castillo, el desenlace fue un mazazo seco en el centro del pecho que retumbó como un trueno en una tarde de tormenta.
El dolor tocó las fibras más íntimas y dejó una marca indeleble en los primos que compartieron su infancia. Eran pocos entonces, y ver partir a su compañero de juegos, entre el llanto de los deudos y el calor sofocante del velorio, fue una lección de finitud demasiado temprana y letal.
Hoy, si el tiempo hubiera seguido su curso natural, Moico sería un hombre de cincuenta y un años.
Pero en la memoria colectiva quedó congelado en la infancia, habitando un espacio sagrado donde el olvido no tiene permitido entrar. Mientras sus restos persisten al paso de las décadas bajo las gastadas lápidas del Cementerio General de Tarapoto, el recuerdo de su ternura sigue latiendo con fuerza, intacto, bajo el eterno y espeso calor de la selva que lo vio nacer y partir. Continuará…



