Panchín poseía un don singular, uno de esos talentos innatos que en su tierra solían llamar con gracia un verdadero «chuchín». Su vida entera estaba indisolublemente ligada a una vieja mandolina, su fiel compañera de viaje.
Quienes lo conocieron desde la infancia recordaban con nostalgia la destreza casi mágica con la que hacía vibrar las cuerdas; tenía la capacidad única de transformar cualquier atmósfera y de llenar de vida los rincones.
En cada fiesta celebrada bajo eltecho familiar, el protagonismoabsoluto e indiscutible pertenecíasiempre a él y a su eterno instrumento. Hubo una vez un intentode heredar su arte. Roberto Carlos,fascinado por su música, le pidiócon admiración que le enseñara el secreto de sus melodías. Larespuesta de Panchín fue simple,desprovista de métodos modernos: «Voy a tocar una tonada.Observa con atención cómo coloco los dedos y así aprenderás».Sin embargo, descifrar los movimientos de aquellas manos sabiasresultó ser una tarea titánica, y elaprendizaje jamás dio frutos.
La razón era profunda: aquella mandolina, que ya sumaba cuatro décadas siendo la única en su vida, se había convertido en una extensión de su propio ser.
Panchín jamás había pisado las aulas de un centro académico ni entendía de partituras.
Había aprendido a descifrar la música escuchando el susurro del viento y los latidos de su entorno, guiado únicamente por un instinto puro y un oído excepcional. Sabía dónde colocar los dedos porque la melodía ya habitaba en su interior; precisamente por eso, por ser un arte puramente intuitivo, le resultaba imposible enseñarlo
A pesar de su formación empírica, su técnica alcanzó una perfección admirable. Era capaz de adaptar al compás de sus cuerdas cualquier melodía en boga, desde los ritmos amazónicos de Anaconda hasta las místicas notas de El Chullachaqui.
El tiempo transcurrió inexorable, pero el arte de Panchín no quedó sepultado en el baúl de los recuerdos. Con una asombrosa capacidad de adaptación, el anciano abrazó la modernidad tecnológica y encontró en las pantallas de Zoomun nuevo escenario virtual, un refugio para hacer volar sus ritmos ante un público selecto y devoto que lo admiraba profundamente.
A sus noventa y ocho años, aún sigue rasgando las cuerdas de la mandolina.
Demuestra, día a día, que la agilidad de sus manos y la nobleza de su talento perduran intactas, ganándose el eterno respeto y el cariño de quienes, con el pecho lleno de orgullo, todavía lo llaman papá.



